7.12.09
El espejo viejo, en mitad del camino y resquebrajado
Cuando tomé conciencia de que me había levantado súbita e inconscientemente entre lamentos, me sorprendí mucho, no entendí, así que me senté en el escritorio y pasé el resto de la noche divagando, saqué muchas conclusiones, sí, pero ninguna tenía la suficiente relación, que yo esperaba, con respecto a lo sucedido.
No sé muy bien lo que pasó después, supongo que me olvidé del asunto como se suele hacer y empecé a no darle la importancia que en un principio le había llegado a dar. Así deduzco que sucedió hasta que de repente e inesperadamente me encontré con una sombra tumbada en la calzada, que me pareció demasiado azul, demasiado azul y demasiado verde, también demasiado verdad como para llegar a intuir que podría ser un amago de locura o un amago de cansancio. Este hecho me hizo recordar de inmediato lo que pasó aquella noche de aquel mes de abril.
Desde entonces no he parado de pensar un solo día en las circunstancias que envolvieron a aquella noche. Yo siempre pensé que era algo muy personal pero a la vez, de muy poca importancia, y, que, por lo tanto no debía comunicárselo a nadie. Pensé que las pequeñas, pero propias cosas no le debían importar a nadie. Ahora, hace no mucho, un amigo, que habla como un pájaro, me dijo que el mundo no podía funcionar correctamente así, así que ese comentario me movió a contarles un poco más.
Pues bien, siendo de este modo tan poco alarmante, ni intrigante, ni llamativo para la Humanidad en la que yo no me encontraba, decidí investigar para indagar en lo que pudo haber pasado aquella noche de aquel mes de abril. Me documenté y pregunté a sabios; todas las pequeñas conclusiones que iba sacando me indicaban que o sufría un trastorno muy esporádico, o que había tenido un sueño tan terrible que mi inconsciente me quería proteger totalmente.
Cuando me presentaron esta hipótesis por primera vez les dije que nunca había tenido pesadillas, que mis sueños siempre habían sido muy pacíficos, con entornos naturales, con cordialidad e incluso con confidencias amables. Ellos me creyeron, pero no tenían el suficiente tiempo como para investigar por un poco más. Yo sí lo tenía, siempre tuve tiempo, y más por aquellos momentos, en los que ya no vivía en aquel barrio inglés de aquel pueblo francés, me fui a vivir a un barrio alemán, de un pueblo alemán de Alemania, y, la verdad, como no me entendía con nadie, ya que yo no sabía mucho alemán, tuve que proveerme de aún más tiempo.
Fue entonces cuando me encontré con un suizo de padres españoles, y como yo no sabía qué decir, evitando los silencios ásperos, me anticipé a cualquier oportunidad de conversación pertinente para anunciar la coincidencia de que yo, según mis papeles, tenía la nacionalidad española. Él me dijo que no le gustó España cuando estuvo allá, yo le dije que a mí tampoco, aunque mentía, ya que nunca había estado en aquel país. Ocurrió, pues, en aquel momento, que a él se le quedó la cara en blanco, me recordó mucho a las escenas de las películas patéticas donde se acostumbraba a sobreactuar, sin embargo, en aquel momento yo me preocupé, y más cuando empezó a lamentarse, y más cuando empezó a sangrar por los oídos. Como es natural, lo primero que hice fue llamar a emergencias, pero no contestaban. Él, al verme con la terrible consternación me aconsejó que no me preocupara, me dijo que sabía por qué le pasaba. Yo no le hice mucho caso, pero no podía hacer otra cosa que intentar calmarme mientras seguían sin contestar en el servicio de emergencias.
Poco a poco él se fue recuperando, dejó de sangrar, y dejó de lamentarse y dejó también de palidecer. Creo que fue entonces cuando le tomé un especial cariño, no un cariño cariñoso ni amoroso, un cariño más natural, del tipo de mosca herida a quien acabas de desgraciar, no un cariño normal desde luego. Creo que fue entonces cuando temí no volverle a ver jamás. Ante tal situación se me ocurrió involucrarle en mi particular obsesión para ver si así le conseguía retener. Le conté lo que sabía y algo de lo que no. Me escuchó muy atentamente, sin interrumpirme, ni siquiera con una moderna palabra de comprensión. Cuando terminé me dijo que conocía a alguien que tal vez me pudiera ayudar, me dijo que para ir a verle habría que pasar por un paisaje muy sombrío, cubierto por la espesura de árboles salvajes, con la compañía de culebras enrollantes y con la presencia esporádica de jabalíes poco amigables.
Yo me asusté un poco, lo confirmo, pero me atreví, me prestó una bici y en ese mismo día me atreví. Lo cierto es que nada de lo que yo vi se parecía a lo que él me describió; o mi percepción variaba mucho de la suya o es que en realidad yo era, o sigo siendo, una persona muy temeraria. Lo cierto es que aquel paisaje, lejos de un páramo, cercano a un prado ambientado, recorrido por un río fluido, por un río rebosante de frescas y veloces aguas, protegido por unos árboles magníficos, acogido por una vegetación subida, me deslumbró. A veces pienso que me describió mal el paisaje para comprobar qué era lo que a mí me importaba, pero creo que su rostro al cruzar aquel entorno le delataba.
En medio del camino se nos puso a llover. Al principio lo podíamos combatir, pero la tierra tomó su forma más resbaladiza, llegamos a estar en un barrizal. Recuerdo como una ráfaga, que en aquel momento me vino a la mente, y sin ser muy pertinente, la palabra erial, y verdad es que preferí aquel barrizal. Pronto fue cuando nos caímos al suelo, al barro, por no poder mantener el equilibrio sin adherencia; esta fortuita circunstancia del camino nos retrasó notablemente. Podría decir que ni sabía QUIÉN, ni quién era yo ya, ni quién era el suizo, ni si quien me decía que me iba ayudar podría existir. Sin exageración alguna puedo decir que tardó dos días en dejar de llover, dos días en los que mezclarse con el barro del suelo era lo habitual. Dos días de mucha hambre, y algo de desesperación. Dos días de inseguridades, y dos inseguros de viaje.
Llegó el momento en que me dijo que ya estábamos llegando, no le creí demasiado, llegué a pensar que estábamos perdidos en todos los sentidos, pero segundos después de decirme aquello, vi, a lo lejos, una cabaña, y a los pocos minutos vi que dejó de llover. Me alegré, le abracé y me alegré; también me alegré por haber realizado ese camino junto a alguien tan inteligente.
Al término, al llegar a la cabaña y llamar, nos abrió un viejo. Le llamo viejo porque me dijo, casi me obligó, que le llamara viejo. Nos preparó de comer, nos preparó un fuego, nos preparó agua y ropa limpia, nos preparó de dormir, y su preparar no tuvo fin, así con todo el agradecimiento que yo le pueda dar. Ese día dormimos allí, y al siguiente, de madrugada, cuando estábamos desayunando, nos dijo que sabía la razón de por qué estábamos allí, dijo que todo había salido bien. Yo recuerdo que en el interior le contradije, pensé que al fin estábamos allí y que a partir de entonces era cuando todo podía empezar a salir bien.
Cuando terminamos de desayunar, salimos para saludarle al día que tanto esfuerzo había invertido en fabricar los ambientes de ese nuevo día. Sorpresa fue la mía cuando, a lo lejos, por el camino que el día anterior habíamos seguido, pude vislumbrar un viejo espejo, roto, hecho añicos, en mitad del camino y reflejando en sí múltiples veces lo que nunca me había parado a ver.
Recuerdo a la perfección que le dije al viejo:
-¿Y ahora qué?
-¿Ahora?- Me preguntó.- Ahora espero que entres dentro de ti después de tanto tiempo. Sí, tú. Por encima de todas las cosas es lo que debes hacer.
Recuerdo también a la perfección que avancé unos pasos y que caí, medio voluntariamente, al suelo. Suerte tuve que ese suelo era hierba envolvente, y suerte por muchas razones. Alguna lágrima se me caería, y entonces sería cuando me fui a donde el espejo, y me vi tan múltiplemente, entonces sería cuando comprendí que el lamento era por algo que se extendía hasta ese día, yo no comprendía, no comprendía no comprender, no comprendía, desde antes del sueño no comprendía. Fue junto aquel espejo que comprendí que debía comprender.
Mucho tiempo después, cuando decidí hacerle una visita al viejo por pura sensatez sentimental, descubrí que el suizo no sabía que había un viejo en aquel lugar, supe que no se conocían. Me dio algo de lástima entonces pensar que no le volvería ver. El suizo me caía bien, y me caía bien porque a su inconsciente yo ya le caía bien; me dijo el viejo que o era así o el suizo era un mago. Supongo que también me caen bien los magos.
15.11.09
Nosotros Somos De La Selva
—Nosotros somos de la selva, allí hemos vivido hasta el día de hoy, el canto mojado de la mañana, la voz de la vegetación, el rastro sonoro de los animales,… Eso es algo que no cambio por nada. Hoy, sin embargo, cuando entré en la ciudad, esa que siempre habíamos odiado, tuve la sensación de haber vivido aquí toda la vida, en realidad, cuando nos paramos en frente del café y ese chico se fue en coche, entonces es cuando me dio la sensación de haber vivido ya esa escena.
—Sí, eso se llama “déjà vu”.
—¿”Déjà vu”?
—Sí, así es. —Les contestaba con todos los sentidos el policía a la vez que los esposaba.
—No lo había oído nunca, debe ser una expresión moderna, un extranjerismo tal vez.
—Lo es, del francés.
—Ah…, se pasó ya la fiebre inglesa, ¿verdad?
—En realidad no. —Dijo tras finalizar su tarea. —Muy bien, suban al coche.
Conducía otro policía, más frenético, más nervioso tal vez, andaban medio parados, había mucho tráfico.
—¿Se puede saber por qué van desnudos? ¿Siendo cuerdos están locos? —Preguntaba impaciente el otro policía.
—Nosotros somos de la selva. Nos enseñó nuestro abuelo la lengua española, decía que era lo único que amaba de la incivilización, nos hablaba mal de las ciudades, no nos dejaba acercarnos a ellas, no quería que nos acostumbráramos a ser como ellos, ni siquiera por la ropa, pero la lengua sí, nos la enseñaba a todas horas. Como somos diferentes, aunque nuestros espíritus funcionen bien, perfectamente pueden creer que estamos locos.
—Yo no creo que estén locos. —Decía el otro policía. —Tan sólo cumplo órdenes.
—Muy bien, pues cumpla Martínez, cumpla.
—¿Saben? Yo no creo que la ciudad esté tan mal, tiene casi de todo; el único problema es que aun teniendo casi de todo hay muchas trabas para conseguirlo. Tal vez esa sea la razón de las quejas de nuestro abuelo.
—¿Y ustedes qué? ¿Desobedecieron a su abuelo? ¿Se escaparon de la selva? —Preguntaba impacientemente el policía que conducía mientras presionaba el claxon.
—No, nosotros…, nosotros venimos aquí para comunicarle a su familia de acá su muerte.
—Oh… Les acompaño en el sentimiento. —Decía avergonzado el conductor.
—Gracias, nosotros también queremos acompañarle a usted en sus sentimientos.
El policía paró el coche en medio del atasco y les invitó a salir, les dejó libres. Ellos, se fueron caminando, llegaron a un puente y se tiraron al río para llegar nadando, según ellos era así más rápido. La selva de la que venían era la amazónica, y la familia de su abuelo vivía en España, ellos sabían que estaba lejos, pero poco les importaba, llevaban toda su intención de no dejar escapar su voluntad.
Fueron encarcelados en conjunto unas treinta veces, terminaron muriendo siete de los cincuenta y tres que emprendieron el viaje, pero por medio de adentrarse inconscientemente en los corazones de la gente, fueron dando pasos y uno más cada vez. Unos les liberaban, otros les daban dinero, otros les refugiaban; y a pesar de la cárcel y del hambre y del frío tenían agradecimiento para dar.
Nueve años tras la muerte de su abuelo se enteraron de que había un inmenso mar que atravesar para llegar a España, sin embargo, ese obstáculo también se pudo salvar; ellos pedían ayuda, contaban su historia, y alguien de la televisión les sugirió relatar, también ahí, su historia. Así consiguieron que los espectadores en conjunto les pagasen un billete de avión, se puede decir que esa fue la peor parte del viaje, estar a tantos metros sobre tierra era nuevo y terrorífico para ellos, pasaron todo el viaje con los ojos cerrados. Pero una vez que llegaron, todo fue fácil, dieron la noticia y regresaron.
20.10.09
La Pequeña Osa Ana
Ana era especialmente revoltosa y traviesa, de modo que ante los peligros que se veían venir para los osos polares en aquel lugar tan lejano, sus padres, Julio y Rosalinda, le regañaban frecuentemente, hasta que un día, en mitad de la noche, un poco por rebeldía, tras despertarse, ella decidió alejarse, aún con los morros llenos de escarcha. Ricardo y Leonardo, al poco, también se despertaron y sin querer alarmar a sus padres, siguieron su rastro.
Ana poco a poco se cansaba por su camino hasta que chocando de frente contra un oso polar mayor que le daba la espalda, cayó al suelo, revolcándose en la nieve. El oso contra el que había chocado era mucho mayor que ella, y dándose la vuelta para mirar hacia ella, enseñó las garras, primero, lanzándolas hacia el aire tras un grave rugido, y después, preparado para lanzarlas contra ella.
Ricardo y Leonardo, al oír el rugido, avanzaron un poco más rápidamente y se encontraron con Ana, a tiempo.
-¡No!, ¡déjala!- Exclamó Leonardo.
-¿Por qué?- Preguntó el gran oso polar dirigiendo su mirada hacia los pequeños osos.- Me aburro, me ha molestado y tengo hambre.
-Tú también nos has molestado y también nosotros tenemos hambre, ¿por qué no nos dejamos de molestar y vamos juntos a cazar?- Sugirió Ricardo.
Ana en ese momento recordaba mucho todo lo que sus padres siempre le habían dicho, y temía por aquel gran oso que asustaba con sólo mirarle y por si sus padres se levantaban y veían que ninguno de sus hijos estaba allí.
-¿Vosotros?, ¿ayudarme a mí a cazar? Seguro que no sabéis cazar, seguro que nunca habéis salido a cazar. No podéis ni manteneros en pie.- Y esto último lo dijo riéndose y empujando con una de sus zarpas a Ana sin pretender hacerle ningún daño pero derribándola al instante.
-¿Y tú sí sabes cazar?- Preguntó valiente Ana.
-Pues claro que sí.
-Claro, porque cuando eras de nuestro tamaño ningún oso se metió contigo y seguro que te ayudaron para que pudieras aprender.
-Bueno…, sí, en eso sí lleváis razón.
-¿Sí?
-¡Pues sí!, ¡claro que sí!- El gran oso se dio la vuelta para que los otros no pudieran ver su rostro lleno de sentimiento.- Cuando era pequeño me perdí de mi familia y nunca los he vuelto a ver, a mis padres, a mis hermanos, especialmente a mi hermano, Julio, mi hermano mayor; sin embargo, nunca ningún oso estuvo en contra de mí, más bien todos me ayudaron.
-Entonces… no eres culpable.- Dijo perdonando Ana.
-¿Cómo no voy a serlo si casi te mato?
-No, pero no lo has hecho.- Le animó Leonardo.- Además, ven, ven con nosotros y tal vez nos podamos ayudar, nuestros padres saben cazar muy bien y además ellos siempre son muy buenos con la mayoría de los osos.
-Supongo que soy indigno de ser un oso polar. Haré lo que queráis.
Así, marcharon los cuatro osos polares, todavía en medio de la noche, y así, cuando ya iba a amanecer y sus padres despertaban, les vieron a lo lejos. Julio, al principio estaba atontado, recién despertaba de su sueño, pero cuando se dio cuenta de que sus tres hijos faltaban de sus lechos y que al alzar la vista vio que estaban acompañados por un gran y extraño oso polar, terminó de despertar de golpe y empezó una carrera hacia donde estaban los cuatro.
Cuando llegó hacia donde se encontraban, de un salto y sin pensarlo demasiado se abalanzó contra el oso mayor y lo tiró al suelo. En seguida ambos empezaron una batalla hasta que Rosalinda, sorprendida por los alaridos, se acercó hacia los combatientes, diciendo:
-¡Julio!, ¡para!, ¿no es este tu hermano?
-¿Rosalinda?- Preguntó el oso grande.- ¿Eres tú Rosalinda?
Ellos pararon de pelear mientras todos se miraban las caras descubriéndose los parecidos que todos conservaban de cuando eran pequeños oseznos.
-¿Nuestro padre es ese hermano del que nos contaste?- Preguntaron Ricardo, Leonardo y Ana a la vez.
Nadie les respondió pero todo parecía apuntar a que realmente era así, en realidad todo era así, Julio y aquel oso grande eran hermanos y ante aquel descubrimiento algunas lágrimas salieron de los ojos de aquellos grandes osos, aunque no demasiadas, pues al salir se congelaban y les hacían algo de daño. Los tres oseznos les contaron lo sucedido a sus padres sin omitir detalle, y ellos, aunque dirigieron alguna que otra mirada dura hacia Ana y hacia el oso grande, finalmente estuvieron muy orgullosos de pertenecer al género noble de los osos, entre los cuales había seres de valor, de perdón, de comprensión y de buen corazón. Ana prometió, en medio de la alegría grupal, que nunca más desobedecería a sus padres, y aquel oso grande, a pesar de la vergüenza, prometió también que nunca más volvería a asustar a ningún oso polar.
Aquellos osos, de esta forma, vivieron en familia, una familia de seis osos blancos, polares, queriéndose y manteniendo que un poco de amor es necesario para poder vivir. Unos a otros se enseñaban para poder ser felices, Julio y el oso grande les enseñaban a los pequeños osos todo lo necesario para cazar; Rosalinda les enseñaba a todos la mejor forma de cultivar flores en medio de la nieve, especialmente las rosas más lindas, y también les enseñaba a investigar; y los más pequeños les enseñaban a todos la manera más sencilla para obrar, y así vivieron hasta que un día, el oso grande, que, por cierto, se llamaba Carlos, con su zarpa escribió en la nieve: «En realidad es que somos exactamente iguales que aquellos a los que tomamos por enemigos, tanto que nos confundimos, tanto que en cualquier momento podemos ser amigos.» La nieve y el viento borraron lo escrito, y vivieron felices por todo un tiempo y un poco más.
Y así, un día, en medio del anochecer, Julio le dijo a Rosalinda:
-La verdad es que si mis hijos me hubiesen hecho caso, si hubiesen sido más prudentes, nunca me hubiese reencontrado con mi pequeño hermano.
-No, la verdad es que si nuestros hijos no nos hubieran hecho caso, si hubiesen sido cobardes, o rencorosos, o poco comprensivos, o de mal corazón, entonces sí, nunca nos habríamos reencontrado con tu hermano, el pequeño Carlitos.- Le corrigió Rosalinda y ambos sonrieron, contentos por estar bien.
16.10.09
Juan Diego Solitario

La historia de Juan Diego aquí continúa. Supongo que nadie tiene la culpa de una historia, no tenemos demasiada potestad sobre ellas, vienen y ocurren y, como máximo, a veces, se nos permite sazonarlas con sensatez. No siempre.
Este libro es el segundo de la saga, Juan Diego fue Magno, ahora Solitario y después vendrá a ser Juan Diego Santo en su particular caminar por la vida. Tal vez Juan Diego sea para muchos un ser humano pesado, una pesadilla, pero es un ser humano más, tal vez no para todos un ser humano especial, pero como humano que es, tiene la dignidad y el poderío que justifica y anima a quien se le acerca, a quien le escriba o a quien le lea, y eso suponiendo.
En esta entrega él avanza en las etapas de la supervivencia, estará lejos de su familia, de sus conocidos, y de sus conocidos «enemigos». Llega a estar solo, completamente solo, y tal vez puede que experimente la soledad, la desagradable, la que no es animosa.
Esta cosa contará de una forma sin excelencia, y sin arrogancia tampoco, las cuestiones que le acompañen al respirar de Juan Diego, para luego dar paso a una serie de cartas, a una correspondencia mantenida entre Juan Diego y Teo.
Soy una persona cuentista y una vez puede que también fuera una persona mentirosa, pero este esto que se cuenta o transmite aquí me deja la completa sensación de que no tiene invención alguna, es puro ser y existir, es puro derramarse en el vivir, tal vez sin alma física, pero tal vez con todo el alma psíquica y sus aptitudes posibles, el amor, la humanidad, la gracia, el encanto,… Podría ser narcisismo inconsciente, pero a mí se me plantea que sea verdad naciente, verdaderamente existente, aunque no tenga porqué ser inteligente. Bien podría ser narcisismo inconsciente.
24.9.09
6.9.09
Negro
"El negro es el color más bonito,
el viento… me mueve, enfría dando, dando libertad.
El negro…
El negro de la noche…
Todos sabemos que esto no es normal.
Y yo me plazco,
sonrío por una vez en el día, la rareza que inspira rareza esencial,
especial.
El negro…
El negro que entra…
Mis ojos,…,
mi quietud erguida movida
por ese viento negro
que limpia mis ojos.
Se agotó el baile,
se cansó el cante
y por momentos sólo queda la toalla,
la toalla y el negro,
ese negro…
Negro rey,
negro infinito,
negro inmortal.
Ni colmena, ni abeja,
ni pared ni suelo,
tampoco infarto,
sólo la alfombra
y el negro,
y también poder sentirlo.
Me da igual no tener corazón,
ni mente ni cerebro ni armazón.
Sé que tengo alma y esta sirve,
pues sabe del negro,
me mira y me da el sentido de la verdad.
El negro de los vientos.
La noche y la estrella,
Sólo una estrella,
para que se vea negro,
negro eternidad.
Negro claridad.
Los soldados están enfilados,
con las manos a la espalda,
casi afilados.
Los admiro, pero ya no quedan,
no existen, nunca existieron así.
La noche sí,
los enamorados no lo sé,
los enamorados negros…,
sí, tal vez,
en medio, solos, de la negra noche,
rodeados del viento negro,
del negro…,
del que mueve, no hay nada más.
Despertaré para esperarla y observarla,
la noche,
ya no quiero los bellos rostros,
no son bellos o ya no o todos lo son,
espero en la eterna oscuridad,
eternamente negra,
perfecta, inédita y negra.
Casi ni la puedo ver,
casi ni me la puedo beber,
¿la copa es negra?
¿Qué más da?
Lo importante está por dentro;
Moriría por esa magnífica sombra.
Casi ni la puedo ver,
Casi ni la puedo perder.
Se va sola, pero hoy no se irá.
Hoy es más brillante, hoy más negra,
hoy más real
la gran oscuridad,
la noche de allá.
Nadie la puede soportar
mientras yo digo que es espiritual.
Limpia la tierra,
¡Oh la tierra!
perdió la tierra,
la noche se quedó sin rival,
reluce lo negro, no tiene igual,
destaca e entre la mediocridad.
Siente el indescriptible sentimiento,
es nuevo,
yo anegro, anegraré
porque anegrar es de la tormenta,
del alma, del tejado, del agua,
anegrar en el cielo,
anegrar en la tierra, pero sin mirarla.
No hay oscuridad,
es el viento que le canta a la noche,
es la noche que le canta a lo negro,
es lo negro que le canta al viento.
Es mi viento de libertad,
es mi negro de sublime claridad,
negro eternidad.
Si algún día hago el viaje y me quedo entre ti
ni un solo día, jamás me dejes sin anegrar.
Hoy digo que es posible, lo negro es lo único inmortal,
ni manos, ni nariz, ni cartílago en las orejas,
sólo los ojos para poderse impiar,
recibir el rocío de tanta rápida suavidad.
Y no imaginaré, sólo enegrar,
con eso bastará,
más es despreciar a negro eternidad,
negro por siempre,
fresco negro que viene con su forma al raudal,
negro, negro, sólo negro para dejarse arrobar,
negro eternidad.
¿Verdad que ahora la música sólo campanea?
Me tumbaría en el cielo por siempre
si por fin deja ese azul tan químicamente irreal,
me caería al suelo si te encuentro.
Al cerrar los ojos no te consigo,
te quedas ahí afuera,
no te atrapo, eres inmortal,
es pura pasión, es puro enegrar.
Si el mundo se acabara…,
Si yo me quedara…,
sólo si estás tú y yo te puedo disfrutar,
normal es oír al lobo aullar, normal…, no te dejamos escapar,
normal, algún día te podremos amar,
cambiaremos tu fama,
sentiremos la vida, la noche negra,
la verdad,
de verdad.
Algún día te diremos poesías,
al término de la noche no te querrás marchar,
paraíso de noche con noche,
ahí todo fresco gracias al viento.
¡Oh!, ¡negro eterno!
¡Ay!, negro en cabello,
negro en ojos negros,
negro en tinta,
negro animal,
negro hierro, pero más fuerte que el hierro.
Esto no es normal.
Si te temo, que me cuelguen
y me pierda tu eternidad,
que me pierda tu eternidad,
que me muera si algún día lo puedo explicar,
así sería inmortal.
Me da en la cara,
se lleva mi alma
y yo la acompaño con toda mi voluntad,
nunca antes había sido esta casualidad.
Espero encontrarla,
pero si está contigo me da igual.
¡Oh!, eterna casualidad,
y negro como tú,
incluso color tan principal.
Ya se ha escondido esa estrella,
ya sólo queda la noche,
la noche intensa,
aproximadamente palaciega.
Rápida, veloz, fugaz,
hermosísimamente sobrenatural.
Es la noche más negra,
más espectacular con todo su golpe suave,
con toda su eternidad rozándonos.
Cosa tan pequeña y banal,
poco negra y fresca, muy banal,
esa soy yo,
colorida en enfermedad.
Gracias que encontré toda tu verdad,
toda tu negra claridad.
La más específica, concreta creación,
bella y yo sin potestad,
me arrodillaría en verdad,
mas esa negra alegría es algo más,
algo así como uva extrapolar.
Esa noche que recorre, que corre,…,
me pregunto si acaso alguna vez me busque a mí.
Es fácil suspirar.
Entre tanta mentira es droga tan negra verdad.
Esa negrura inmortal…
Creo que me quedaré mirándola bien,
reviviéndome bien, oyéndola, respirándola bien…,
creo que iré al viejo prado y me caeré
sólo para observar; dejarlo entrar,
que entre para vivir esa verdad,
eternidad que besa,
esa noche inmortal.
Quiero acompañarte, en secreto,
quiero ir contigo recorriendo la ciudad,
y aunque inconsciente deba estar, soñar, dormir,
yo confío en que te pueda acompañar,
con tu claridad, con tu rapidez,
con tu desplegar,
con tu golpe de viento,
ese tan perfecto,
perfecto por toda tu negra eternidad.
Quiero acompañarte, en secreto,
ir contigo, recorriendo la ciudad
con todo tu verdadero sentimiento,
ir aun insconsciente,
recorrerlo todo,
aun corriendo,
virtudes y viejos,
amores y defectos,
borrachos y lugares santos,
calles, callejuelas y casas en ruinas,
hasta unos pies descalzos.
Dejar esa lucecica,
esa estrella,
sabiendo que la noche brilla,
está viva, nunca se acabará,
y aun con el peligro de la vida…
¡Oh noche inmortal!
¡Oh noche inmortal!
Tienes dominio de la ciudad,
puedes salir cuando quieras,
cuando tú lo deseas,
mientras siga siendo de tu propiedad.
Campos, árboles y fuentes,
cuando tú lo deseas,
por algo tienes el poder de la eternidad.
Tienes dormida la ciudad,
sobre tu manto cabecea,
sobre tu frescura sueña
sin enterarse, y lo niega."
16.8.09
Completa Mente
- Hay cosas que se dicen pero que no son, nunca fueron y nunca serán, ¿no? Cosas que jamás se han sentido ni pensado, ¿no?, y que, sin embargo se dicen y se dicen sin cesar, ¿no?
El charcutero lo oyó pero no hizo caso a los halagos, a la expresión inteligente, y siguió cortando, siguió esperando.
- Me está escuchando, ¿verdad?
- Sí, sí, perdone que no le responda, pero es que estoy concentrado.- Sonrió amablemente desde su mente, pesó las lonchas, y volviendo sin precedentes a sonreír, preguntó.- ¿Algo más?
- No, nada más, gracias.
- De nada señora,- se despedía de aquella para preguntar a los demás,- ¿quién va?
