20.10.09
La Pequeña Osa Ana
Ana era especialmente revoltosa y traviesa, de modo que ante los peligros que se veían venir para los osos polares en aquel lugar tan lejano, sus padres, Julio y Rosalinda, le regañaban frecuentemente, hasta que un día, en mitad de la noche, un poco por rebeldía, tras despertarse, ella decidió alejarse, aún con los morros llenos de escarcha. Ricardo y Leonardo, al poco, también se despertaron y sin querer alarmar a sus padres, siguieron su rastro.
Ana poco a poco se cansaba por su camino hasta que chocando de frente contra un oso polar mayor que le daba la espalda, cayó al suelo, revolcándose en la nieve. El oso contra el que había chocado era mucho mayor que ella, y dándose la vuelta para mirar hacia ella, enseñó las garras, primero, lanzándolas hacia el aire tras un grave rugido, y después, preparado para lanzarlas contra ella.
Ricardo y Leonardo, al oír el rugido, avanzaron un poco más rápidamente y se encontraron con Ana, a tiempo.
-¡No!, ¡déjala!- Exclamó Leonardo.
-¿Por qué?- Preguntó el gran oso polar dirigiendo su mirada hacia los pequeños osos.- Me aburro, me ha molestado y tengo hambre.
-Tú también nos has molestado y también nosotros tenemos hambre, ¿por qué no nos dejamos de molestar y vamos juntos a cazar?- Sugirió Ricardo.
Ana en ese momento recordaba mucho todo lo que sus padres siempre le habían dicho, y temía por aquel gran oso que asustaba con sólo mirarle y por si sus padres se levantaban y veían que ninguno de sus hijos estaba allí.
-¿Vosotros?, ¿ayudarme a mí a cazar? Seguro que no sabéis cazar, seguro que nunca habéis salido a cazar. No podéis ni manteneros en pie.- Y esto último lo dijo riéndose y empujando con una de sus zarpas a Ana sin pretender hacerle ningún daño pero derribándola al instante.
-¿Y tú sí sabes cazar?- Preguntó valiente Ana.
-Pues claro que sí.
-Claro, porque cuando eras de nuestro tamaño ningún oso se metió contigo y seguro que te ayudaron para que pudieras aprender.
-Bueno…, sí, en eso sí lleváis razón.
-¿Sí?
-¡Pues sí!, ¡claro que sí!- El gran oso se dio la vuelta para que los otros no pudieran ver su rostro lleno de sentimiento.- Cuando era pequeño me perdí de mi familia y nunca los he vuelto a ver, a mis padres, a mis hermanos, especialmente a mi hermano, Julio, mi hermano mayor; sin embargo, nunca ningún oso estuvo en contra de mí, más bien todos me ayudaron.
-Entonces… no eres culpable.- Dijo perdonando Ana.
-¿Cómo no voy a serlo si casi te mato?
-No, pero no lo has hecho.- Le animó Leonardo.- Además, ven, ven con nosotros y tal vez nos podamos ayudar, nuestros padres saben cazar muy bien y además ellos siempre son muy buenos con la mayoría de los osos.
-Supongo que soy indigno de ser un oso polar. Haré lo que queráis.
Así, marcharon los cuatro osos polares, todavía en medio de la noche, y así, cuando ya iba a amanecer y sus padres despertaban, les vieron a lo lejos. Julio, al principio estaba atontado, recién despertaba de su sueño, pero cuando se dio cuenta de que sus tres hijos faltaban de sus lechos y que al alzar la vista vio que estaban acompañados por un gran y extraño oso polar, terminó de despertar de golpe y empezó una carrera hacia donde estaban los cuatro.
Cuando llegó hacia donde se encontraban, de un salto y sin pensarlo demasiado se abalanzó contra el oso mayor y lo tiró al suelo. En seguida ambos empezaron una batalla hasta que Rosalinda, sorprendida por los alaridos, se acercó hacia los combatientes, diciendo:
-¡Julio!, ¡para!, ¿no es este tu hermano?
-¿Rosalinda?- Preguntó el oso grande.- ¿Eres tú Rosalinda?
Ellos pararon de pelear mientras todos se miraban las caras descubriéndose los parecidos que todos conservaban de cuando eran pequeños oseznos.
-¿Nuestro padre es ese hermano del que nos contaste?- Preguntaron Ricardo, Leonardo y Ana a la vez.
Nadie les respondió pero todo parecía apuntar a que realmente era así, en realidad todo era así, Julio y aquel oso grande eran hermanos y ante aquel descubrimiento algunas lágrimas salieron de los ojos de aquellos grandes osos, aunque no demasiadas, pues al salir se congelaban y les hacían algo de daño. Los tres oseznos les contaron lo sucedido a sus padres sin omitir detalle, y ellos, aunque dirigieron alguna que otra mirada dura hacia Ana y hacia el oso grande, finalmente estuvieron muy orgullosos de pertenecer al género noble de los osos, entre los cuales había seres de valor, de perdón, de comprensión y de buen corazón. Ana prometió, en medio de la alegría grupal, que nunca más desobedecería a sus padres, y aquel oso grande, a pesar de la vergüenza, prometió también que nunca más volvería a asustar a ningún oso polar.
Aquellos osos, de esta forma, vivieron en familia, una familia de seis osos blancos, polares, queriéndose y manteniendo que un poco de amor es necesario para poder vivir. Unos a otros se enseñaban para poder ser felices, Julio y el oso grande les enseñaban a los pequeños osos todo lo necesario para cazar; Rosalinda les enseñaba a todos la mejor forma de cultivar flores en medio de la nieve, especialmente las rosas más lindas, y también les enseñaba a investigar; y los más pequeños les enseñaban a todos la manera más sencilla para obrar, y así vivieron hasta que un día, el oso grande, que, por cierto, se llamaba Carlos, con su zarpa escribió en la nieve: «En realidad es que somos exactamente iguales que aquellos a los que tomamos por enemigos, tanto que nos confundimos, tanto que en cualquier momento podemos ser amigos.» La nieve y el viento borraron lo escrito, y vivieron felices por todo un tiempo y un poco más.
Y así, un día, en medio del anochecer, Julio le dijo a Rosalinda:
-La verdad es que si mis hijos me hubiesen hecho caso, si hubiesen sido más prudentes, nunca me hubiese reencontrado con mi pequeño hermano.
-No, la verdad es que si nuestros hijos no nos hubieran hecho caso, si hubiesen sido cobardes, o rencorosos, o poco comprensivos, o de mal corazón, entonces sí, nunca nos habríamos reencontrado con tu hermano, el pequeño Carlitos.- Le corrigió Rosalinda y ambos sonrieron, contentos por estar bien.
16.10.09
Juan Diego Solitario

La historia de Juan Diego aquí continúa. Supongo que nadie tiene la culpa de una historia, no tenemos demasiada potestad sobre ellas, vienen y ocurren y, como máximo, a veces, se nos permite sazonarlas con sensatez. No siempre.
Este libro es el segundo de la saga, Juan Diego fue Magno, ahora Solitario y después vendrá a ser Juan Diego Santo en su particular caminar por la vida. Tal vez Juan Diego sea para muchos un ser humano pesado, una pesadilla, pero es un ser humano más, tal vez no para todos un ser humano especial, pero como humano que es, tiene la dignidad y el poderío que justifica y anima a quien se le acerca, a quien le escriba o a quien le lea, y eso suponiendo.
En esta entrega él avanza en las etapas de la supervivencia, estará lejos de su familia, de sus conocidos, y de sus conocidos «enemigos». Llega a estar solo, completamente solo, y tal vez puede que experimente la soledad, la desagradable, la que no es animosa.
Esta cosa contará de una forma sin excelencia, y sin arrogancia tampoco, las cuestiones que le acompañen al respirar de Juan Diego, para luego dar paso a una serie de cartas, a una correspondencia mantenida entre Juan Diego y Teo.
Soy una persona cuentista y una vez puede que también fuera una persona mentirosa, pero este esto que se cuenta o transmite aquí me deja la completa sensación de que no tiene invención alguna, es puro ser y existir, es puro derramarse en el vivir, tal vez sin alma física, pero tal vez con todo el alma psíquica y sus aptitudes posibles, el amor, la humanidad, la gracia, el encanto,… Podría ser narcisismo inconsciente, pero a mí se me plantea que sea verdad naciente, verdaderamente existente, aunque no tenga porqué ser inteligente. Bien podría ser narcisismo inconsciente.
24.9.09
6.9.09
Negro
"El negro es el color más bonito,
el viento… me mueve, enfría dando, dando libertad.
El negro…
El negro de la noche…
Todos sabemos que esto no es normal.
Y yo me plazco,
sonrío por una vez en el día, la rareza que inspira rareza esencial,
especial.
El negro…
El negro que entra…
Mis ojos,…,
mi quietud erguida movida
por ese viento negro
que limpia mis ojos.
Se agotó el baile,
se cansó el cante
y por momentos sólo queda la toalla,
la toalla y el negro,
ese negro…
Negro rey,
negro infinito,
negro inmortal.
Ni colmena, ni abeja,
ni pared ni suelo,
tampoco infarto,
sólo la alfombra
y el negro,
y también poder sentirlo.
Me da igual no tener corazón,
ni mente ni cerebro ni armazón.
Sé que tengo alma y esta sirve,
pues sabe del negro,
me mira y me da el sentido de la verdad.
El negro de los vientos.
La noche y la estrella,
Sólo una estrella,
para que se vea negro,
negro eternidad.
Negro claridad.
Los soldados están enfilados,
con las manos a la espalda,
casi afilados.
Los admiro, pero ya no quedan,
no existen, nunca existieron así.
La noche sí,
los enamorados no lo sé,
los enamorados negros…,
sí, tal vez,
en medio, solos, de la negra noche,
rodeados del viento negro,
del negro…,
del que mueve, no hay nada más.
Despertaré para esperarla y observarla,
la noche,
ya no quiero los bellos rostros,
no son bellos o ya no o todos lo son,
espero en la eterna oscuridad,
eternamente negra,
perfecta, inédita y negra.
Casi ni la puedo ver,
casi ni me la puedo beber,
¿la copa es negra?
¿Qué más da?
Lo importante está por dentro;
Moriría por esa magnífica sombra.
Casi ni la puedo ver,
Casi ni la puedo perder.
Se va sola, pero hoy no se irá.
Hoy es más brillante, hoy más negra,
hoy más real
la gran oscuridad,
la noche de allá.
Nadie la puede soportar
mientras yo digo que es espiritual.
Limpia la tierra,
¡Oh la tierra!
perdió la tierra,
la noche se quedó sin rival,
reluce lo negro, no tiene igual,
destaca e entre la mediocridad.
Siente el indescriptible sentimiento,
es nuevo,
yo anegro, anegraré
porque anegrar es de la tormenta,
del alma, del tejado, del agua,
anegrar en el cielo,
anegrar en la tierra, pero sin mirarla.
No hay oscuridad,
es el viento que le canta a la noche,
es la noche que le canta a lo negro,
es lo negro que le canta al viento.
Es mi viento de libertad,
es mi negro de sublime claridad,
negro eternidad.
Si algún día hago el viaje y me quedo entre ti
ni un solo día, jamás me dejes sin anegrar.
Hoy digo que es posible, lo negro es lo único inmortal,
ni manos, ni nariz, ni cartílago en las orejas,
sólo los ojos para poderse impiar,
recibir el rocío de tanta rápida suavidad.
Y no imaginaré, sólo enegrar,
con eso bastará,
más es despreciar a negro eternidad,
negro por siempre,
fresco negro que viene con su forma al raudal,
negro, negro, sólo negro para dejarse arrobar,
negro eternidad.
¿Verdad que ahora la música sólo campanea?
Me tumbaría en el cielo por siempre
si por fin deja ese azul tan químicamente irreal,
me caería al suelo si te encuentro.
Al cerrar los ojos no te consigo,
te quedas ahí afuera,
no te atrapo, eres inmortal,
es pura pasión, es puro enegrar.
Si el mundo se acabara…,
Si yo me quedara…,
sólo si estás tú y yo te puedo disfrutar,
normal es oír al lobo aullar, normal…, no te dejamos escapar,
normal, algún día te podremos amar,
cambiaremos tu fama,
sentiremos la vida, la noche negra,
la verdad,
de verdad.
Algún día te diremos poesías,
al término de la noche no te querrás marchar,
paraíso de noche con noche,
ahí todo fresco gracias al viento.
¡Oh!, ¡negro eterno!
¡Ay!, negro en cabello,
negro en ojos negros,
negro en tinta,
negro animal,
negro hierro, pero más fuerte que el hierro.
Esto no es normal.
Si te temo, que me cuelguen
y me pierda tu eternidad,
que me pierda tu eternidad,
que me muera si algún día lo puedo explicar,
así sería inmortal.
Me da en la cara,
se lleva mi alma
y yo la acompaño con toda mi voluntad,
nunca antes había sido esta casualidad.
Espero encontrarla,
pero si está contigo me da igual.
¡Oh!, eterna casualidad,
y negro como tú,
incluso color tan principal.
Ya se ha escondido esa estrella,
ya sólo queda la noche,
la noche intensa,
aproximadamente palaciega.
Rápida, veloz, fugaz,
hermosísimamente sobrenatural.
Es la noche más negra,
más espectacular con todo su golpe suave,
con toda su eternidad rozándonos.
Cosa tan pequeña y banal,
poco negra y fresca, muy banal,
esa soy yo,
colorida en enfermedad.
Gracias que encontré toda tu verdad,
toda tu negra claridad.
La más específica, concreta creación,
bella y yo sin potestad,
me arrodillaría en verdad,
mas esa negra alegría es algo más,
algo así como uva extrapolar.
Esa noche que recorre, que corre,…,
me pregunto si acaso alguna vez me busque a mí.
Es fácil suspirar.
Entre tanta mentira es droga tan negra verdad.
Esa negrura inmortal…
Creo que me quedaré mirándola bien,
reviviéndome bien, oyéndola, respirándola bien…,
creo que iré al viejo prado y me caeré
sólo para observar; dejarlo entrar,
que entre para vivir esa verdad,
eternidad que besa,
esa noche inmortal.
Quiero acompañarte, en secreto,
quiero ir contigo recorriendo la ciudad,
y aunque inconsciente deba estar, soñar, dormir,
yo confío en que te pueda acompañar,
con tu claridad, con tu rapidez,
con tu desplegar,
con tu golpe de viento,
ese tan perfecto,
perfecto por toda tu negra eternidad.
Quiero acompañarte, en secreto,
ir contigo, recorriendo la ciudad
con todo tu verdadero sentimiento,
ir aun insconsciente,
recorrerlo todo,
aun corriendo,
virtudes y viejos,
amores y defectos,
borrachos y lugares santos,
calles, callejuelas y casas en ruinas,
hasta unos pies descalzos.
Dejar esa lucecica,
esa estrella,
sabiendo que la noche brilla,
está viva, nunca se acabará,
y aun con el peligro de la vida…
¡Oh noche inmortal!
¡Oh noche inmortal!
Tienes dominio de la ciudad,
puedes salir cuando quieras,
cuando tú lo deseas,
mientras siga siendo de tu propiedad.
Campos, árboles y fuentes,
cuando tú lo deseas,
por algo tienes el poder de la eternidad.
Tienes dormida la ciudad,
sobre tu manto cabecea,
sobre tu frescura sueña
sin enterarse, y lo niega."
16.8.09
Completa Mente
- Hay cosas que se dicen pero que no son, nunca fueron y nunca serán, ¿no? Cosas que jamás se han sentido ni pensado, ¿no?, y que, sin embargo se dicen y se dicen sin cesar, ¿no?
El charcutero lo oyó pero no hizo caso a los halagos, a la expresión inteligente, y siguió cortando, siguió esperando.
- Me está escuchando, ¿verdad?
- Sí, sí, perdone que no le responda, pero es que estoy concentrado.- Sonrió amablemente desde su mente, pesó las lonchas, y volviendo sin precedentes a sonreír, preguntó.- ¿Algo más?
- No, nada más, gracias.
- De nada señora,- se despedía de aquella para preguntar a los demás,- ¿quién va?
5.8.09
Juan Diego Magno
Bueno, yo les ofrezco aquí la oportunidad de conocer este libro, nada más.
Ahí tienen la portada y la contraportada, y en la contraportada dice:
«Este libro no narra la historia de Juan Diego, este libro simplemente habla, y todo lo que dice son verdades, de Juan Diego. Juan Diego puede que sea sublime, puede que no, es difícil juzgar a las personas y también a los personajes.
Juan Diego vive en Villahermosa, un pueblo de Ciudad Real, y desde allí empieza este narrar. A Juan Diego, si se le admira, se le ha de admirar con el corazón, con todo el corazón; si se le odia, no se le puede odiar de veras, no con el corazón.
Este libro es el primero de una saga, Juan Diego es Magno ahora, pero será solitario también más allá.
Yo le quiero mucho a Juan Diego, tanto que no me importa si alguien le tiene que odiar para que alguien más lo pueda amar.»
Sabrán, o tal vez no, que ya publiqué otro libro, "Los Mundos De Arena", pero era la mitad en tamaño y puede que también en calidad, eso no lo sé, sólo el tiempo lo dirá.
16.7.09
La Lluvia (Jorge Luis Borges)
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto." (Jorge Luis Borges)
Si digo una palabra más cometo algo así como sacrilegio.
