Este relato está basado en hechos reales.
Vivía en un hotel, me levantaba para ir al trabajo cuando muchos llegaban para descansar y dormir, dormir siempre y cuando quisieran o pudieran. Vivo en un hotel, por eso cada día tengo nuevos vecinos. Muchas veces me he encontrado que la señora de la limpieza retiraba botellas medio vacías o medio rotas de cerveza y coca-cola, mientras yo salía a encontrarme con la ciudad. A veces pienso en el amor del corazón, en las canciones y en los pueblos de los cuales mi sangre seguramente procede.
Hace una semana exacta dormía yo entre las sábanas siempre blancas, siempre limpias que hacen sentir mi cuerpo ligero, entre sábanas impecables. No dormía, más bien reposaba, me recreaba y extendía el tiempo ocioso todo lo que pudiese antes de tener que despertar súbitamente, sufrir mientras se va haciendo presente mi voluntad y salir a andar un día más. Un balazo atravesó mi almohada. No supe que eso era un balazo hasta mucho después, la cuestión es que cuando me quise dar cuenta corría calle abajo por una estrecha callejuela que distaba varias manzanas del hotel. No había sido consciente de una buena parte de mis reacciones y acciones.
No sabía si parar o seguir corriendo. Por una parte supuse que algún tipo de peligro me acechaba, por otra me parecía ridícula mi indumentaria, mi pijama de rayas. Iba a parar cuando sentí mi mano herida, me la miré y estaba ensangrentada. No supuse en aquel momento que me habían disparado de nuevo, mis oídos no estaban para traducirme los sonidos, pero no dudé en huir con todas mis fuerzas.
Casualmente me encontré con la puerta de un hospital, yo seguí huyendo, no entré. La ciudad de noche me pareció más llena de aire que nunca. Pensé, al ritmo de una ráfaga de aire que me dio de bruces, que mi ingenuidad debía de ser mucha, pero que no era muy importante, pues nunca el mundo me había parecido tan consistente como en aquel momento. Creo que pude estar corriendo por varias horas, mi mano empezó a doler, arder, sacar su furia entonces. No podía dominar ese terrible dolor, me di cuenta entonces también de lo cansado que estaba, mi pelo estaba empapado en sudor, jadeaba a la vez que me intentaba ocultar entre unos contenedores de basura, sin embargo, el sol estaba empezando a salir, y por momentos las gentes se multiplicaban a mis ojos, ojos que veían borroso. Fue entonces cuando empecé a cavilar en lo que pudiera estarme pasando.
Empecé a pensar en el primer disparo, supuse que se había producido desde el piso de arriba. Intenté entender qué pasó después de aquel primer evento, no recordaba ni un ápice, supuse tenuemente que habría saltado por la ventana, el piso era un tercero, me dolían un poco las piernas, no sabía si podía ser de la carrera. Mi confusión se acrecentaba por segundos, no había estado jamás metido en ningún negocio sucio, me había pasado los últimos diez años de mi vida viviendo en la máxima responsabilidad.
No sabía si volver al hotel, había perdido el reloj por el camino, pero suponía que era lo suficientemente tarde como para no llegar puntual al trabajo. Tenía toda mi ropa allí, en el hotel. Tenía todo allí. Teléfono, dinero, tarjetas, identificación, hasta recuerdos, sin embargo no tenía allí la seguridad para mi vida. No tenía ni un mísero euro para llamar al hotel y preguntar por lo ocurrido. Y mi mano…, mi mano ni me dejaba pensar, cada vez que me la miraba me parecía que había empeorado su aspecto. Sin dudarlo, tras mi breve reflexión, me dirigí al hospital. Me preguntaron de todo, pero a ninguna de las preguntas sabía yo dar respuesta. Supongo que parecería que quería ocultar algo, al parecer no podían retenerme, algo que no sé si hubiese preferido tal vez, así que tras administrarme fuerte analgesia para mi dolor, y hacerme una cura, me dejaron ir.
Supongo que en parte por la influencia fílmica, en parte por mi aturdimiento, no pensé en ir a comisaría. Anduve por la ciudad, por las callejuelas más desperdigadas, hasta que guiado por la vaguedad me fui acercando al hotel. Me asomé por una esquina, nada parecía estar mal, todo muy tranquilo. Aún no sé muy bien por qué me fui aproximando de tal modo. Entré a la recepción, nadie me preguntó nada a pesar de mi aspecto, todavía con pijama. Subí hasta la planta 3 con extremada cautela. La puerta de mi habitación estaba destrozada, por una parte me alegré, pues la llave me la había dejado dentro. Decidí entrar a toda prisa, tomar mis cosas y salir lo más rápidamente posible del lugar.
Hice la maleta de la peor manera que sabía, me temblaban las manos, y hasta los pies, la mano herida me parecía que volvía a doler, no me cabían las cosas. Me superaba el estrés, y sin quererlo la vista se me desvió hacia la almohada perforada, las plumillas estaban desperdigadas. Me pareció tan inverosímil todo aquello… Eso me dio nuevos ánimos para intentar de nuevo recoger todas mis cosas. Estaba en ello cuando a mi espalda escuché una voz mexicana:
―¿Vives todavía? ―Me quedé de hielo, se me cayó el cargador del móvil, que en aquel momento estaba intentando guardar. ―Tantos años y siempre igual, volviendo a la escena del crimen. Bueno, eso se acabó cuate.
Iba a morir, era mi único pensamiento, iba a morir, oía eso de un modo fuerte en mi cabeza, así que decidí hacer como los valientes a pesar de no quedar nada de valentía ya en mí, me di la vuelta, decidí enfrentarme cara a cara con la muerte. Tuve que cerrar los ojos para hacerlo, en realidad en mí no quedaba más que cobardía y ardor lesivo. Esperé lo que para mí fue una eternidad, pero nada ocurría, abrí los ojos.
―¿Y tú quién eres?
―¿Yo? ―Me atreví a pronunciar.
―¿No eres Eduardo? ¡No! ―Era una mujer. De todo el pavor que existía en mi interior ni lo había advertido.
―Sí, bueno, ese es mi nombre. Pero… ¿entonces…, ¿no me vas a matar?
―¡No! Pero, ¿quién eres tú?
―¿Yo? ―No dejaba de apuntarme con el arma, así que decidí ser humilde y prudente. ―Pues no soy nadie, más o menos una persona normal, me extrañó que alguien me pudiera disparar, pero…
―Ya, ¿me estás diciendo que todo ha sido un error?, ¿me estás diciendo que el Eduardo a quien yo busco nos ha engañado contigo?
―Bueno. ―No sé porqué me parecía que todo se estaba poniendo feo de nuevo. ―Yo no sé nada de eso, me gustaría seguir vivo, sólo eso. Las últimas horas han sido terribles para mí, y aunque desafortunado, agradezco que sea un error.
―Claro, y tú no tienes nada que ver, no sabes ni quién es Eduardo. Claro, por eso sigues vivo, no porque estéis juntos en esto. No porque estés acostumbrado a cuestiones como estas, ¿verdad?
―¿Cómo?
―¿Por eso no has ido a la policía? ¿Por tan poco me toma Eduardo ya?
―Perdón, pero yo no sé nada de eso. Y de verdad, no…
―Claro, muy bien, hay que salir de aquí. Saca la ropa de esa maleta y métete ahí. ―Me señaló la maleta insistentemente.
―Pero…, si no quepo.
―Eso ya lo veremos, desde luego si no cabes vivo, cabrás muerto.
―No estás hablando en serio, venga, en serio, ¿no es suficiente con hacerme correr toda la noche?, ¿o con lo de la mano?, ¿o con haberme intentado matar simplemente? Venga, por favor, tú no estás pensando en serio que yo sea un tipo peligroso.
―¿No eres peligroso? Nadie se escapa de Alejandro, y tú le tienes por ahí dando vueltas. ¿Qué te crees? ―No sabía yo todavía quién era Alejandro.
―Está bien, ¿qué puedo hacer para demostrarte que no tengo nada que ver con esas cosas?
―Meterte en la maleta.
―¿Y luego?
―Luego ya lo veremos.
―Pues no me voy a meter en la maleta. He faltado al trabajo hoy por todo lo que está ocurriendo. He estado a punto de perder la vida, y meterme en esa maleta supondría estar en vuestras manos. Y, con todos los respetos, no me fío mucho de ellas.
―Bueno, pues dime donde está Eduardo.
―Mira, seguramente aborrezco tanto a ese cabrón como vosotros, no sé ni quién es ni lo que habrá hecho, pero me ha utilizado aunque no me conociera, para salvar su pellejo.
Pasó entonces por el pasillo corriendo un tipo fuerte, ágil, moreno y con poblada barba. La mujer lo llamó, supuse que sería el tal Alejandro.
―¡Eh!, ¡pero este no es Eduardo!, ¿por qué pierdes el tiempo con él?
―Sí es, no el Eduardo que buscamos, pero sí el Eduardo de esta habitación.
―¿Cómo?
―Bueno, pues que al tipo al que habéis perseguido en las últimas horas era yo, por error. ―Me atreví a añadir.
―¿Error? A mí esto me suena raro. ¿Error?, ¿y se llaman igual? Ya, error, ¿viste cómo saltó por la ventana? No dejes de apuntarle, hemos cazado algo.
―No sé, está todo muy raro.
―Perdón, ya sé que suponéis que tengo algo que ver con todo esto, pero lo cierto es que desconozco de qué va, tal vez me lo podríais contar, es sólo una sugerencia.―Veía mi vida tan en peligro que de repente me sentí pronto para los riesgos e impertinencias.
―Ah…, no te hagas el tonto. ―Me dijo Alejandro.
―La versión verdadera, la mía, la que seguramente no te haya contado tu amigo, es que Eduardo me fue infiel y me robó a mis hijas. Alejandro es mi hermano.
―¿Cómo? Perdón, ¿pero no hay drogas ni nada de por medio?
―A la maleta. ―Alejandro sacó un arma y me la señaló con un gesto irrefutable, de modo que accedí.
El viaje fue tortuoso, la mano me dolía a rabiar, a mí me parecía que todo aquello iba a durar una eternidad. Los golpes que iba recibiendo ya no sabía ni por dónde me iban a venir, por no saber no sabía ni en qué dirección viajaba, si me llevaban a pie o si me transportaban en vehículo motorizado. Lo cierto es que cuando abrieron la maleta no sabía yo cómo salir del pequeño habitáculo, estaba sumamente encogido, me tuvo que sacar Alejandro de un agarrón con empujón añadido. Estábamos en lo que yo denominaría como una mansión, no tenía detalles de lujosa orfebrería o de mármol, lo que me impresionó fueron los grandes ventanales, el revestimiento de toda superficie de madera y las estanterías rellenas de libros antiguos tapizando cada una de las paredes. La portentosa chimenea seguida de varias filas de curiosos candelabros tal vez también ayudase a que se fuera formulando la idea en mi interior, tal vez también los grandes sofás, o incluso la gran escalera central, abierta a dos alas. Una vez allí no me trataron mal, aunque teniendo en cuenta que en las horas anteriores sólo les había faltado matarme para terminar de seguir la inercia, tampoco iba yo a estar agradecido.
Me dieron algo más adecuado de lo que llevaba puesto para vestirme, un traje de Eduardo, nada de Alejandro me venía, él es mucho más grande que yo, sobretodo en musculatura. Comimos en silencio, nadie prefería entonar conversación, yo menos aún. Fue entonces cuando descubrí que ni conocía el nombre de la mujer que me había conducido hacia donde estaba, así como tampoco antes, hasta aquel momento, me había dado cuenta de que sus ojos negros eran en sí ciertamente negros y llenos de pasión eterna, me puse a pensar en que tal vez esa pasión se habría frustrado tras los problemas con su marido y que tenía carencias sin cubrir.
Me dio lástima la poesía incompleta, despreciada o ignorada, la poesía en cada lágrima, en cada aliento, en cada movimiento simple o esporádico del aire, como el que producen los pájaros al volar, el sol al tostar, o el sol primaveral, el que atonta. Me dio por pensar justo entonces que tal vez todo se tratase de asuntos de drogas y que me habían engañado porque esas cosas no se dicen claramente. Supongo que mi error estuvo en pensar todo esto sin dejar de mirar sus ojos. Se dio cuenta. Me miró fijamente y retiré la mirada, me puse a mirar mi plato, era algo llamado pozole blanco que no me entusiasmaba demasiado.
―Bueno, cuéntanos. ―Dijo ella.
―¿El qué?
―Bueno, ¿en qué piensas tan ensimismado?
―¿Cómo te llamas? ―Todavía no sé porqué hice esa pregunta.
―¿Qué?
―Lo siento, no sé cómo te llamas, era simple curiosidad.
―¿No te das cuenta de que te irá cien veces mejor si dejas de hacerte el menso? Si conoces a Eduardo, nos sirves, así que te tendremos alimentado y retenido. Si no nos sirves porque realmente eres un tipo común, gastamos un simple balazo en ti y se acabó el problema. ―Fue Alejandro quien me lo dejó claro. Decidí callar entonces.
Pasé la tarde entera viendo la televisión mientras un tipo de la envergadura de Alejandro descaradamente me vigilaba, no sabía dónde estaban Alejandro y su hermana, y sentía un pavor tal que no me atrevía a cambiar de cadena, me vi un par de programas de corazón, de marujeo; otro de crónicas personales, de más marujeo; y para terminar la jornada, una telenovela. No sabía si echarme a llorar, el tipo que me vigilaba no me quitaba el ojo de encima. Y me dio por ponerme a pensar en mi trabajo mientras oía que se habían reconciliado dos supuestas personalidades famosas de las que jamás en mi vida había oído hablar. Estaba claro que saliesen como saliesen las cosas yo lo iba a perder todo, pensé que todos me adelantarían en breve en la carrera de la vida, hasta los más torpes de mi colegio, hasta los que se dedicaban a fastidiar a los demás. Siempre había pensado que quien perseveraba, al final se salía con la suya y conseguía éxitos inalcanzables de otro modo, pero yo lo iba a perder todo. Para colmo de mi frustración hiriente, mi mano volvía a empezar a doler de esa manera tan desquiciante.
Llegaron entonces Alejandro y su hermana al salón. Se sentaron conmigo. Alejandro apagó la tele, el tipo que me vigilaba se marchó y empezaron a sonar de fondo, por toda la casa, rancheras que yo jamás había oído antes. El tipo regresó, sirvió tres copas con tequila, dejó un par de botellas, y se marchó de nuevo.
―¿Te gusta el tequila de mi tierra? ―Me preguntó Alejandro.
―No…, no bebo, me sienta bastante mal el alcohol en general. Lo siento.
Sólo recuerdo que Alejandro me presionó algo más, a partir de ahí se me difuminan los recuerdos, y lo siguiente que llega a apreciar mi estado consciente es encontrarme entre unas sábanas tan blancas e impecables, suaves y deliciosas como las de mi hotel, y, próximamente a mí, la hermana de Alejandro. Cuando me di cuenta de que mi brazo estaba contactando con su piel, lo fui retirando lentamente, pero me paralicé al descubrir que andaba en la desnudez, supuse que ya todo daba igual, me quedé mirándole el pelo, recordando los momentos previos al primer disparo que me lanzaron en mi vida.
Ella despertó más tarde, me miró tan de cerca…, yo no sabía cuál era la razón, no recordaba nada, me moría de miedo, casi era este mayor que el que había sentido ante los acontecimientos previos. Y me tocó el pelo, y yo sentía hasta el débil movimiento de mi diafragmada al respirar, y jugaba con mi pelo. Y yo cerré los ojos para armarme de valor, y le dije la verdad:
―No recuerdo nada. ―Calló. ―Nada de nada, no sé qué hago aquí, aunque no se está mal.
―Llueve afuera. ―Se salió de la cama y se vistió, yo me senté a mi manera, medio a lo indio, y exclamé un «¡Madre mía!» sonoro con consternación. Se sentó al otro lado de la cama. Se quedó pensando. ―No pasa nada si no te acuerdas bien, no hay de qué acordarse, nada pasó. Bueno, sexualmente hablando, claro, nadie acaba en la cama con otra persona así sin más. Al final creo que estábamos demasiado ebrios.
―¿Cómo?
―Que no era fácil tenerse en pie. ―Se fue a mirar por la ventana. Yo me iba vistiendo torpemente. ―Supongo que siendo así que no recuerdas nada, si te quieres largar, puedes hacerlo.
―Pero…, ¿no se supone que puedo ser peligroso?
―¿Peligroso tú? ―Se miró, se sonrió y volvió a mirar hacia el exterior, la lluvia al caer. ―Tú eres un cachorro.
Su voz me sonó de lo más sentimental, se acercó adonde estaba yo de pie, me abrazó, y yo, sin fuerza moral para aquello, me dejé caer en la cama. Ella quedó encima de mí, mirándome fijamente, no sé que tenía, que había hecho para que le resultasen tan interesantes mis facies. Me miraba de tal modo…
―¿Por qué no me cuentas detalle por detalle lo que ha pasado? ―Le pregunté en el último susurró que me quedaba. Ella empezó a hablar lentamente, con parsimonia.
―Mi papá es un tipo peligroso, nunca supe exactamente lo que hace, tampoco me importa. La gente para la que trabaja mi papá suele ser gente de la calle, gente sana, pero sin nada que perder, sin prejuicios o sin normas morales. Mi papá nunca se traía los asuntos de trabajo a casa. Cuando mi hermano Alejandro cumplió los dieciséis años mi papá decidió que él podía ser su sucesor, así que le fue enseñando sus asuntos. Alejandro se hizo amigo de uno de los trabajadores de mi papá, era de los mejores a pesar de su juventud. Era Eduardo. Un día salimos los tres y…, ya sabes, empezamos a vernos. Mi papá se enteró y apartó a Alejandro de los negocios, echó a Eduardo, y le amenazó de muerte si se acercaba a mí. Alejandro me vigilaba para que no estuviese andando con Eduardo. Pero Eduardo tenía una habilidad especial, conocía bastante bien varias artes marciales, tampoco le daba miedo nada, saltaba las verjas, corría entre el jardín sin ser visto, trepaba hasta mi balcón. Nos veíamos todas las noches sin que nos importara nada. En fin, una historia de cuento más, sólo nos faltaba el dragón. Alguna vez que otra mi papá se enteró, le perseguía todo el equipo se seguridad, pero él siempre se escapaba y volvía a verme al día siguiente sin ser visto. Al final mi papá en medio de una comida decidió que aquello se iba a terminar, dijo que Eduardo y yo nos teníamos que casar. Mi hermano Alejandro fue totalmente retirado de los asuntos de mi papá, era Eduardo quien le sustituiría. Él es realmente inteligente, parecía no haber problema posible para él. Yo estaba totalmente enamorada de él. Tuvimos dos hijas. Todos sabíamos que Alejandro le había tomado un poco de ojeriza, le vigilaba, así que se enteró de todo antes que nadie, me estaba siendo infiel. No le creí hasta que lo pude ver con mis propios ojos. Todavía no me explico cómo fue posible, y siendo así de inteligente, cómo es que se dejó descubrir. Cuando mi papá se enteró quiso hundirlo, pero Eduardo fue más rápido, se robó a mis hijas y huyó. Mi hermano quiere matarle, yo me conformo con que me devuelva a mis hijas y que me pida perdón sinceramente.
―¿Y tú le quieres? ―Pregunté mientras me temblaba la voz.
―¿Cómo le voy a querer?
Nos quedamos callados por un tiempo.
―Dijiste que este tipo era de los que no tenían ningún tipo de regla moral, ¿no es cierto?
―Sí, de los que mi papá iba recogiendo de la calle. ¿Por qué?
―A este tipo le hubiese dado igual si Alejandro hubiera podido matarme. Gabriela, mi pronóstico de salir vivo de esta era pésimo hasta ahora.
―¿Qué has dicho?
―¿El qué?
―Has dicho mi nombre. ―Ni siquiera me había dado cuenta.
―¿Sí? ¿Gabriela? ¿Y cómo es que me salió tu nombre si no me lo has dicho?
―Bueno, ayer no parabas de preguntarme, yo te lo dije muchas veces, tú lo repetiste otras tantas. Supongo que eso se te quedaría grabado a pesar de tu amnesia. ―Ella se levantó. Se marchó de la habitación, yo la seguí, llegamos al jardín, se tumbó en el césped, yo me recosté a su lado. Me tomó la muñeca, me tenía el pulso tomado.
No sé cómo acabamos bañándonos en la piscina, supongo que por no violentar el ritmo de las cosas, por un poco de desidia, un poco de certeza y un poco de embelesamiento. Fue así como me llevó el leve movimiento del agua a besar a Gabriela de una forma que salía de adentro, me sentí como la continuación de ella, sentí que ella era continuación del mundo, pensé que vistos desde arriba seríamos como un punto brillante y volví a pensar en el disparó que taladró mi almohada.

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