3.10.10

Bianchi

"Erase una vez una persona de bien, de buen corazón, de valor y honestidad, inocente desde que nació. Esta persona era varón, de tez pálida y cabello como el tizón, tenía diecinueve años y, como nadie, había llegado a su edad sin conocer el mal. A veces se rumoreaba en la montaña donde vivía, que no era del todo “espabilado”, que “le faltaba un agua”, mas esta persona, de nombre Bianchi era bastante inteligente, sabía de todas las cosas malas de su mundo, sabía quién le tomaba el pelo y cuándo se reían de él, sin embargo, por principios, por puros principios, y sólo por principios, hacía como si no se diera cuenta. Algunos le beneficiaban siempre que les era posible, «se lo merece, no es como los demás», decían.

Bianchi ni siquiera mataba a los mosquitos, le daban pena; de hecho, una noche de verano, cuando iba a apagar la luz para irse a dormir vio a una avispa medio dormida en la mesita, y tanta clemencia le inundó que la dejó vivir. Al día siguiente, naturalmente, apareció con unas cuantas picaduras de notables envergaduras, sin embargo, no fue capaz de enfadarse. Ni siquiera consentía que la rabia empezara a circular por sus venas cuando sentía el dolor y la injusticia, en cambio se calmaba y seguía viviendo en limpieza como si nada.

Sus padres no estaban muy de acuerdo con su modo de ser, «hay que ser bueno, pero no tonto», le decía de pequeño su madre; «a ver si espabilas un poco, si te dejas pisar no te irá bien», le decía su padre ya más de mayor. Pero él no podía ni quería cambiar lo que era.

Había quien se preguntaba de dónde le venía la virtud a Bianchi, ¿de nacimiento?, ¿por las influencias recibidas? Tenía siete hermanos, todos ellos mayores que él, mas ninguno de ellos se le parecía en nada; algunos tenían más buen corazón, otros eran más cabezones, otros eran más impulsivos, pero a ninguno de ellos se parecía en lo más mínimo. Lo de Bianchi parecía sobrehumano, parecía como si tuviera espíritu… Sí, como si todos los demás fueran bestias a su lado y él fuera un espíritu con cuerpo de hombre.

Todo esto, que causaba admiración, reflexión y a veces hasta discusiones entre los demás habitantes de la montaña, cambió en la noche de un veinticuatro de mayo. Cuando se levantó por la mañana y fue al espejo, a lavarse la cara, como todas las mañanas, pudo diferenciar un pequeño lunar en la mejilla izquierda. No le dio mayor importancia, pero al parecer el lunar crecía por segundos, y cuando fue a desayunar, su madre llena de estrépito le gritó:

— ¡Pero hijo mío!, ¿qué llevas escrito en la cara? —Bianchi estaba desconcertado. —Seguro que ya te han gastado otra de esas bromas de mal gusto. Anda y vete a lavar.

Bianchi se fue al baño y pudo ver perfectamente cómo se divisaban ahora varias letras en la mejilla que unidas expresaban maldiciones hacia sus vecinos, el calibre de tales palabras era tan grosero como irreproducible, eran para dejar helado a quien las leyese. Lo cierto es que sus vecinos no se habían portado muy bien, así que aunque tal vez era demasiado, de algún modo se lo merecían. Bianchi no quería herir los sentimientos de nadie, pero tenía que salir afuera, tenía que bajar al pueblo y llevar el correo a cada uno de los habitantes de la montaña, ese era uno de sus oficios, así que a pesar del calor se ató una bufanda y salió montaña abajo.

Durante su paseo observó caras de todo tipo y lamentaciones variadas, le extrañó mucho todo eso, pero siguió caminando hasta que por la noche llegó a su casa. Le recibieron las carcajadas de su padre:

— ¡Así se hace!, ¡desde luego!, ¡cómo se nota que eres hijo mío! Le has dado una nueva lección a todos ellos.
— Pero…
— Venga vete, ya te puedes ir a lavar toda esa tinta. —Bianchi no sabía qué le estaba diciendo su padre, pero, ahora que estaba parado se miró el brazo y espantado comprobó que estaba lleno de insultos, blasfemias y maldiciones. —No sabes cómo se ha puesto todo el pueblo. Como tú tienes fama de bueno, a todos los que están escritos en tu piel se les va a hacer pagar duro. Algunos dicen que en el fondo tienes mala uva, otros que es un milagro, ¡pero mira!, el que ríe el último ríe mejor, ¿eh?.
— Pero papá…
— ¿Qué?, ¿qué hijo?, ¿qué?
— Nada.

Bianchi se fue a dormir aquella noche muy triste, mas su despertar fue aún más desalentador. Cuando notó que sus ojos estaban abiertos fue apresuradamente a mirarse la piel, y está no estaba blanca, sino negra, parecía como si unos garabatos hubiesen tapado a otros hasta que a la piel no le quedase otra tonalidad que la de la oscuridad. Bianchi se preguntaba el motivo de esto, no lo entendía, no lo encontraba, tal vez ni lo hubiera."