Puede que un poco larga...
"Mi nombre es Juan, y, por primera vez desde hace ya mucho tiempo decido escribir. Con el inicio de este año nuevo de 1934, aquí, en las tierras de mi Andalucía jiennense, me propongo utilizar el arte de la palabra.
La inquietud amansa la guitarra tanto o más que la guerra o que la paz, tanto o más que una ociosa tranquilidad. Yo conocí esa verdad apenas esta mañana, en el campo, esta mañana mientras desayunaba una manzana. Mi oficio era el paseo sin dejar de escuchar el flamenco del romero. Las botas camperas lo aguantan todo. Mi hermano es guitarrista, así que no me es difícil conocer de la humilde ciencia de las cuerdas de mimbre que suenan a madera, a ríos, a tierra, a sangre de pura raza, a caballo e incluso a llanto.
Mi padre era heredero, ese fue su oficio desde que nació, en ese aspecto se parecía a mí, vivíamos en un mundo que no nos pidió nada a cambio de vivir, y así, dicen, nos daba más tiempo a vivir, mas no es verdad, la vida termina siendo justa y se balancea, hoy pa’ ti, mañana pa’ mí. Por ello es que las mañanas las perdía en un recuerdo que bien profundiza, y por las tardes me entregaba a la vida que me corresponde, a la que me tocó por el debido balanceo.
Mi hermano, Luis, y yo, nos quedamos sin nada desde el fatal suceso que ahora me dispondré a narrar, sólo nos quedó la casa del campo y una pequeña taberna que estuvo siempre arrendada y que ahora nos toca atender. Mi hermano se escaquea con asiduidad, yo, en cambio, me parto la espalda, tanto si hace frío, como si hace sol; España atiza, ya lo ven. Cuando mi padre vivía nosotros éramos señoritos de pura cepa, cuando la herradura de nuestros caballos se oía entrando en el pueblo, los niños y las madres miraban con pasmo, no era susto, era admiración, falsa, sí, tal vez, pero con todo, admiración. Presumir es bonita afición, pero sólo si se puede, si no, se mezcla la mentira y ya es otra cosa.
Lo que más me duele haber perdido es los olivares, por eso paso mis mañanas en el campo, recordando el aroma que ya no encontraremos jamás. También me acuerdo bien del respeto que nos era debido, de cómo nos invitaba siempre el alcalde a vino, de cómo miraban las muchachas sobrecogidas, del vestir mejor que ahora, de la casa de madre, de Perdiz, mi mejor yegua, era toda ella negra; paradójicamente menos me duele haber perdido las fincas de toros, desde niño me aterraron.
Todo lo perdimos una tarde calurosa de a finales del mes de abril, estábamos todos en el saloncito de la casa de los olivares, mi madre, mi hermano, mi padre, mi tío Enrique, Juan Antonio que era el mayoral, y yo, se oyó un carro que llegaba y llamaron a la puerta, salió mi padre a abrir, y llegó a donde estábamos todos sentados con un hombre bien vestido, decía que quería hablar con la familia, que si estábamos allí reunidos y que si venía en mal momento. Yo le serví una copa de anís. Ahora sé que no debí hacerlo. Él se la bebió del tirón y comenzó a hablar.
—Soy José Ignacio, soy minero, veis que humilde, mas muy fino, como me enseñaron a serlo, mas “mu honrao” también, que no se diga. Y tú, ¿eres Luis?, el guitarrista ese, ¿”verdá”?, el que va provocando a “toas” las muchachas bañándose en el río. —Me lo preguntó a mí.
—No, yo soy Juan, Luis es mi hermano, es este, pero no creo que él hiciera eso.
—“Cao”, vosotros os creéis que por ser ricos podéis hacer lo que “sos” plante en gana, ¿eh?
—Yo soy un hombre digno y honrado, como el que más. Si me he “bañao” alguna vez en el río ha “podió” ser, no digo que no, mas habrá sido con mis amigos, por diversión o porque “hiciea” mucho “caló”, la que crea que he “estao” yo de otra forma será porque tenga malos pensamientos o porque sea una cualquiera, no crea “usté” que yo voy a estar de esas maneras. —Mi hermano hablaba ya muy seriamente con la voz alzada, algo entrecortada y levantándose de la silla. — No voy a permitir que se me acuse de tales cosas.
—¡No! —Aquel hombre también se levanto, mientras el resto seguíamos sentados. —No creas que te vas a salir con la tuya. Igual te vas al infierno. Por viejo te gano yo y esto lo he venido a aclarar yo aquí. Con despreciar así a mis hijas no ganas nada. He “venío” aquí con “toa” la “humildá” del mundo a pedirte por Dios que las respetaras y no he conseguido nada. Coraje te falta un tanto zagal. Esto no ha “acabao” aquí.
—Me está faltando “usté” el respeto, que sea muy viejo, eso ya lo vemos, bastante poco humilde, y un “degenerao”. Viene a casa de una familia “honrá “de esas maneras. Más le vale irse pronto si no quiere dormir caliente. —Mi hermano entonces le enseñó la palma de su mano en actitud bastante amenazante, mano que mi padre se apresuró a bajarle, intervino entonces.
—A ver, José Ignacio, no saquemos las cosas de quicio. Yo pongo las manos en el fuego por mi hijo Luis, por los dos hijos míos, sé cómo los he educado, tal vez usted esté confundido, pero comprenda que cualquier hombre de bien se altera si se le falta al honor. Nosotros somos una familia sencilla, pero todo lo que vemos lo vemos con limpieza, no seríamos capaces de hacer algo así.
—Mi padre es más “educao” que yo, “peo“ ya se ha dicho aquí “to” lo que se tenía que “decí”. Váyase y déjenos “tranquios”, más le valdría irse.
—Me voy, tranquilo, me voy. Ya veo, ya, que educación tenemos más los pobres que los ricos. “Peo” esto no termina aquí, me voy, pero como te vea a ti o a este,— dijo esto último señalándome a mí, —cerca de una de mis hijas, te juro que os mato. —Mi madre entonces se santiguó, mas no quiso decir nada.
—¡Serás sinvergüenza!, ¡eres un perro! “Peo” tranquilo, tranquilo, que yo a tus hijas no me acercaría ni aunque me pagaran, ya estoy yo “atao” y bien “atao”, si Dios “quie” me casaré pronto y ratas como tú os tendréis que buscar a otro “pa” difamar, que es lo único que sabéis, quitarle la buena fama a los demás. — Mi hermano acompañaba a aquel hombre a la puerta mientras decía esto. El hombre finalmente se fue y cerró de un portazo, nosotros, estupefactos, creímos a mi hermano y le apoyamos con nuestros comentarios. Fue un alivio que aquel hombre se marchara de una vez. Mi hermano se iba a casar con una prima nuestra, Tomasa, de no ser así puede que hubiésemos dado alguna credibilidad al tal José Ignacio, mas siendo todo como era resultaba muy difícil no ponerse del lado de Luis.
A eso de las ocho decidimos mi hermano y yo dar un paseo a caballo por la finca de Aguas Frías, cuatrocientas hectáreas de tierra de labor, monte y ganado, era el lugar donde más le gustaba estar a mi hermano. A mí no me gustaba demasiado porque estaba un poco lejos de todo, lejos de la casa de los olivares, lejos de la casa de campo y lejos de la casa de madre en el pueblo, el sitio más próximo era la casa de los olivares, de la cual distaba unos catorce kilómetros. Yo decía que para cuando llegaran, los caballos ya se nos habían cansado, mi hermano decía que los caballos no se cansaban nunca, que eran de una raza que lo resistía todo, pero yo no iba igual de tranquilo que cuando paseábamos por otros parajes.
Mi hermano estaba más callado de lo normal, apenas hablaba y si lo hacía era para defenderse de las acusaciones que seguían molestándole en su cabeza, sin dejarle en paz.
—Seguro que hay alguien detrás de esto. —Me decía. —Pedro el de la Herminia o Cristóbal, y mira que Cristóbal es amigo mío, pero son los únicos que harían algo así, ha debido nacer de ellos, si hubiese nacido de las muchachas las tomarían por locas seguramente. Le han debido de pagar algo a este para que viniera a soltarnos “to” eso.
—Pues si viene otra vez se le dan unos reales y nos deja ya en paz pa’ siempre. —Yo le intentaba animar.
—No, no. De ninguna manera, el dinero no compra el honor, puede comprar a las personas, pero no el honor. Yo no he hecho nada, pero ese hombre sí. Que no y ya está, que no me da la gana, ¡hombre! —Yo ya no le quise decir más.
Oímos entonces, de repente, el grito ahogado de una mujer. Parecía un grito de apuro, así que nos miramos y con la mirada nos entendimos, cambiamos de marcha al galope y nos dirigimos hacia donde oímos el grito. No sabíamos muy bien dónde era, y como no vimos a nadie nos bajamos de los caballos y comenzamos a caminar distraídamente, pensamos por un momento que no sería nada grave.
—Fíjate, se oye el río ese, el maldito río. Mira Juan, que se me han puesto mal las tripas, que no quiero ni acercarme al río este.
—Pero bueno Luis, ¿te vas a dejar así? Sé valiente hombre. ¿Qué te va a importar a ti lo que diga un pobre desgraciado? —Le decía yo cuando de golpe oímos de nuevo otro grito ahogado unido de efusivos gritos de auxilio y socorro. Corrimos entonces hacia el lugar, corrimos hacia el río. Nos chocamos de frente con una muchacha que seguía pidiendo auxilio por si alguien la oía.
—¿Qué pasa?, ¿qué pasa? —Acerté a preguntar yo.
—Que se me ahoga mi hermana, se ha “caío” y no sabe “nadá”, que se me muere, que parece que ya está muerta. — Miramos y flotaba un cuerpo de mujer, mi hermano entonces se tiró al río sin pensarlo siquiera, la sacó a la orilla. —¡Ay!, ¡se me ha muerto!, ¡la Lola se me ha muerto!, ¿qué va a ser de mí?, ¡Ay que se me ha muerto! —Decía la otra llorando.
—Calla loca, calla. Seguro que está viva, no le habrá dado tiempo a ahogarse. —Mi hermano estaba totalmente metido en la situación mientras que yo, paralizado, no alcanzaba a saber qué hablar. Él estaba arrodillado al lado de ella y le daba palmaditas en la cara. —Vamos, vamos, despierta, despierta.
—¿Voy al pueblo a buscar a un médico? —Seguía histérica la hermana.
—Cállate y no digas tonterías, cuando llegues al pueblo ya se ha muerto. — Ahí fue cuando pensé yo que Luis estaba perdiendo los estribos, fue también cuando me pareció que la muchacha medio ahogada empezaba a recobrar el conocimiento. Ella hizo ademán de levantarse y mi hermano le ayudó, pero no pudo, se terminó recostando en una piedra.
—¿Estás bien? —Se interesó mi hermano.
—Sí, ¿quién eres tú?
—¿Yo? Uno que pasaba por aquí, este es mi hermano, Juan. ¿Cómo te llamas?
—Lola, ¿y tú?
—Yo Lui… Luises.
—¿Luises?
—No, no, Ulises. —Me sonreí, mi hermano temía por su fama.
—Ah…
—Juan, dame tu camisa. —Yo se la di ante el espanto de la hermana. —Yo no puedo darte mi ropa, está igual de mojada que la tuya, pero esto te servirá, toma, abrígate un poco, mujer. Tú no eres de por aquí, ¿verdad?
—Sí, sí, soy de aquí del pueblo, eres tú el que no eres de aquí, nunca te he visto por el pueblo.
—Claro, soy de un pueblo de por aquí al lado. Mi hermano y yo veníamos paseando a caballo.
—Bueno, “nosotra noz tenemo” que ir ya. —Dijo la hermana muy tajante. —Muy “agradicías”, muy amables.
—Igualmente. —Nos despedimos así.
No volví a saber nada de estas dos muchachas hasta un día ya bien entrado agosto en el que estando mi padre enfermo me mandó ir a “Aguas Frías” a llevar no sé qué papel al encargado de la caza. Lo llevé y me quedé allí a comer, recuerdo bien que hicieron unas chuletas en un poco de lumbre que me supieron como nunca. El vino se agradecía especialmente.
A la vuelta iba yo tranquilo, disfrutando del paseo, agradeciendo el momento, cuando me pasé a tomar un poco de agua del río, el calor se sentía. Ya estaba anocheciendo, así que procuré darme prisa, mas entre tanto oí unas voces cuchicheando, me dio la sensación de que una de esas voces era la de mi hermano, así pues, me acerqué a ver y es que era mi hermano con la muchacha del río, con la tal Lola. Recuerdo la conversación que se traían al pie de la letra, como si fuera ayer.
—Lola, no debería quererte, pero te quiero. Te lo tenía que decir, no me puedo ir a la sepultura así, na’ más que ya está.
—¿Y por qué no me deberías querer?
—En estos días no hago otra cosa que pensar en ti, pero… Dime, ¿cómo se llama tu padre?
—¿Mi padre?, Antonio, ¿por qué?
—Na’ mujer, era por saber si era el mismo hombre que fue a mi casa una vez a decirme que ni se me ocurriera acercarme a sus hijas, por eso te mentí con el nombre. —Se rieron.
—¿Por qué no deberías quererme, Luis? ¿Es que ya estás casado o qué? —Decía ella medio riéndose.
—Pues sí, más o menos es eso, no te lo tomes a guasa.
—¿Vas pa’ cura? —Le preguntó ella seria.
—¿Cura?, ¿yo? No, yo no sirvo pa’ estudiar, no, es otra cosa. “Ademá”, si me quitaran mi guitarra no sé qué haría.
—¿Entonces qué, Luis?
—Te quiero, pero me voy a casar con otra mujer, ya está todo hablado, no me “pue echá pa trá”, compréndeme mi alma, si por mí fuera…—Ella dejó de mirarle.
—¿Entonces por qué me dices que me quieres? Si te crees que yo soy una cualquiera y voy a dejar que hagas conmigo lo que quieras estás muy equivocado.
—Te digo que te quiero porque te quiero.
—Te tengo lástima Luis. —Ella se levantó. —Todo este tiempo lo sabías y ha estado viéndome y buscándome, como si no supieras que esto era lo que iba a pasar. Podías haberte quedado quieto y estaríamos todos más tranquilos, y tú, limpio de conciencia, charlatán.
—Aunque no te hubiese buscado te seguiría queriendo, lo sé desde que te vi por primera vez. —Él también se levantó entonces y la sujetó de los brazos.
—¡Suéltame Luis!, ¿qué quieres?, dime lo que quieres, ¿qué pretendías? No te quiero volver a ver. Yo creí que me querías.
—Yo te quiero.
—Yo creí que me querías de verdad. —Ella se marchó y yo me quedé tan de piedra como mi hermano, no podía creer lo que había escuchado, pero estaba totalmente de acuerdo con la muchacha. Mi hermano no creo que obrara bien, sin embargo, a veces no es tan fácil saber obrar en la justa medida.
Por la noche, nos vimos las caras en la casa de los olivares, y ya en la cena no cruzamos palabra. Mi hermano se retiró pronto a dormir, yo también. Sin embargo, a eso de las tres de la madrugada se oyeron golpes violentos en la puerta y voces que exigían que abriéramos de una vez. Yo me vestí en seguida y bajé corriendo al salón, mi hermano también, mas a mi padre le tuvieron que ayudar, iba a un paso más lento.
—¿Qué pasa? —Le pregunté yo a Luis.
—¿Qué va a pasar?
—Abrid, abrid. —Dijo mi padre apoyado en el hombro de mi madre, y así se hizo. Procuramos salir en seguida para que la disputa se realizara en la calle. Nos aguardaba una comitiva de una media docena de hombres con candiles en la mano. Parecía que habían llegado hasta allí andando. — ¿Qué se os ofrece?
—¿Qué?, ¿cómo que qué se nos ofrece? —Decía el que lideraba al grupo.
—Ya estamos “aburríos” de tu hijo, “er Luí”, con sus engaños, venimos a pedir justicia, que va quitándole el honor a nuestras muchachas.
—¡No permito que se hable así! —Mi hermano se adelantó con valentía, pero en seguida uno de ellos le pegó una bofetada.
—No te atreverás a negarlo, —dijo el de la bofetada, —ya nos estaba previniendo de ti José Ignacio, dijo que vino a hablar con vosotros “mu” educadamente, pero un poco más y le apedreáis, nosotros no le terminábamos de creer, desde que se le murió la mujer y las hijas estaba un poco loco, es verdad, pero en esto razón no le faltaba, debimos hacerle caso desde un principio, bien nos advirtió de ti.
—Ese José Ignacio decía que yo iba provocando a sus hijas y no era verdad, y decir eso de mí no se lo permito a nadie. —Dijo mi hermano.
—Vale, y dirás que no te has aprovechado tampoco de mi hija, ¿eh?, se llama Lola, ¿no te suena? Me lo ha “tenío” que “decí” su hermana, ella al parecer no se atrevía. Como es muy buena dice que lo mejor era que te casaras con ella pa’ “preservá” su honor, pero no, ni aunque me pagaran la caso yo con un gandul como tú. ¿O qué lo vas a “negá” que os habéis estado viendo? Que la estabas engañando aprovechándote de to’, que ya me ha dicho su hermana que la intentaste salvar pa’ hacerte el héroe y que desde entonces no las dejabas en paz, y la he “tenío” que ver llorar pa’ darme cuenta de to’. Que te aprovechas de la inocencia de los demás, ¿o qué?, ¿no es “verdá”?
—Lo que usted está diciendo es prácticamente imposible. —Intervino mi padre. —Mi hijo se va a casar muy pronto y no está preocupado en esas cosas. No tiene sentido que su fama haya estado siempre limpia y que justamente ahora que tiene tanto en lo que pensar se dedique a mancharla. Me consta que ama con toda su alma a su futura esposa y que la respetará, no se hable más.
—Sí, hombre, si eso ya lo sabíamos. ¿Y tú?, ¿niegas algo de lo que yo he dicho? —El padre de Lola se dirigió a Luis. — Desengaña a tu padre ya, hombre.
—Vosotros estáis “equivocaos”, no sabéis nada sobre mí, y la mitad de las acusaciones son falsas. No tenéis derecho alguno a venir a molestar así a mi casa. Yo juro que no he “tocao” a ninguna, y nadie “pue” decir lo contrario. —El padre de Lola volvió a abofetear a Luis, pero esta vez él no se quedó parado, sacó una navaja y se la puso en la tripa.
—¡Luis, déjalo! —Le grité yo, y entonces uno de los que venían en la comitiva me agarró por el cuello.
—Déjale o lo estrangulo. —Decía aquel.
—Deja a mi hermano u os mato a “tos”. —Dijo mi hermano mientras mi padre le dijo a mi madre que entrara en la casa.
—Somos más que vosotros, —decía el que lideraba al grupo, —deja a Antonio o tú verás.
Mi hermano lo pensó un poco y le soltó, tiró la navaja y le ofreció la mano, pero entonces se le echaron encima todos. Yo y mi padre intentamos defenderle un poco, pero era imposible con aquella gente. A mí me propinaron un puñetazo en el estómago que me dejó tumbado, mi padre corrió peor suerte, le dio una piedra en la cabeza y cuando vi el reguillo de la sangre me temí lo peor, entonces fui corriendo a por la navaja que seguía abierta en el suelo y degollé al que estaba complicándole más las cosas a mi hermano. Cuando los nueve se dieron cuenta de que había allí dos muertos se animaron a huir y se fueron corriendo.
Mi hermano acabó muy magullado. Aquella noche fue de llanto y espanto. Fuimos a dar parte a las autoridades y nos tuvieron a mi hermano y a mí en el calabozo toda la noche. Al día siguiente nos llamaron a declarar, y declaramos delante de uno que no conocíamos de nada, no era el juez del pueblo. Nos devolvieron entonces al calabozo y así estaríamos cosa de dos meses hasta que se nos dijo que la sentencia sería finalmente la expropiación del noventa por ciento de lo peritado que nos correspondía en herencia de nuestro difunto padre. Nos dijeron con burla que no había garrote vil porque era en defensa propia. Luis les miró con ganas de darles una paliza justo allí, pero yo le di una palmada en la espalda disuadiéndolo de hacer tal cosa.
Había que comer, y como no teníamos nada nos fuimos a la taberna a trabajarla con nuestras propias manos. No creí que fuera tan duro. Han pasado ya unos cuantos años y cada día es un suplicio. No hemos vuelto a ver a ninguno de los que formaban aquella comitiva, además contamos con el respeto mínimo para que ninguno de los que van a la taberna nos mienten nada de aquellos. Tampoco hemos vuelto a ver a Lola o a la hermana, no sé qué ocurriría si Luis la volviese a ver, Cristóbal, amigo nuestro, me dijo cuando le pregunté, que había oído que su padre la había metido en un convento de monjas, él dice que no se lo cree, que seguramente ha sido su padre que quiere que esas palabras le llegasen a Luis para que no se acerque a ella nunca más, que ella le quiere con locura y que eso a su padre le da miedo, pero es Cristóbal, y la palabra de Cristóbal no es como la de Luis o la mía, la suya busca siempre la malicia y la guindilla para entretenerse."
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1 comentarios:
¡Buenísimo!
Te leo Yahuan.
Un saludo afectuoso.
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