«Mis estrellas son para ti» dijo una vez el navegante, «Mis estrellas son para ti». No había en el mar estrellas suficientes y el navegante pidió a los demás navegantes que cuando atravesasen los mares separasen el agua en capas para que el número de estrellas reflejadas aumentase. «El mar, la mar» dijo el poeta, mas el navegante no sabía de poetas, sabía de la mar y de amar.
La amante del navegante no sabía cocinar, sólo sabía esperar, esperar a su navegante, navegaba por el silencio, por los ruidos, por sus mares. La amante del navegante sí sabía de poetas, una vez tuvo uno como amante, era el mismo navegante, pero cuando era un pequeño navegante.
Los padres de la amante del navegante se enfadaron mucho cuando supieron que su hija, la amante, no aprendía a cocinar por esperarle. Era en los tiempos de antes, usted ya sabe. Ocurría en un pueblo costero, costero y muy moderno, era una vía importante, llegaban y se iban gentes de todas partes, mas lo más numeroso eran las infidelidades, más que las lenguas habladas, más que las mentiras cantadas o susurradas, sin duda alguna lo que más aumentaban eran las infidelidades, y con ello, las mentiras de las tales. Los padres de esta amante lo sabían, así, temían, no querían que el navegante se buscase otra amante o que su hija obrara, en medio de las ignorancias, malas artes. Los padres pretendían, de algún modo, que su hija se chocara de súbito con un amor más cercano, con un verdadero amante, mas la hija no entendía de esa forma.
Un día llegó de la ciudad un primo de la familia, primo tercero creo, era cocinero en un afamado restaurante, sabía de aceites, de anchoas y de dátiles. Los padres se entusiasmaron y le invitaron a comer todos los días, tras su llegada, en la casa.
—Bueno, bueno, esto es exquisito, perdonad que siempre esté pensando en el trabajo, pero… ¿quién?, ¿quién ha cocinado esto? Le daría un consejo. ¿Acaso has sido tú? —Preguntó moviendo las manos a la italiana, dirigiéndose a la amante con decoro y arrimo, en uno de esos días de comida en la casa.
—¡Oh no!, Calixto, nuestra hija no cocina, no sabría ni hacer un huevo, pero por lo buena que es todo le sería permitido.
—¡Ah no!, todo no, al menos no sin una explicación, ¿por qué?, ¿acaso te aburre esta cocina? Hay más por si acaso, en especial te recomendaría la china.
—No, no es eso, es que no puedo, cada momento es para…, bueno, tengo muchas ocupaciones, me sería imposible.
—¿Cómo imposible? Para cocinar siempre ha de haber un hueco, ¿o es que no comes? Pues yo digo que quien no cocine que no coma.
—¡Mira!, como San Pablo. —Dijo el padre.
Calixto no sabía que aquella hija tenía un amante, pues él la veía como hija, no como amante, hasta que en uno de esos días la madre le refirió todo el asunto del amado navegante, que ni dormía, que ni cosía, que ni cosa hacía por esperarle.
—Prima, pronto me voy, tú verás lo que haces, o dejar que te enseñe a cocinar o que nos vayamos a la opereta y nos pongamos galantes. —Interfirió Calixto en otra comida.
—¿Qué es más breve? —Preguntó la amante.
—Cocinar no es muy breve…
—Pues a la opereta entonces.
—Pero hija…—Profirió asustada su madre.
—Deja, deja, ella verá lo que hace.
Calixto preparó los trajes, discretos; preparó también un carruaje. Marcharon, pues, y como a cuatrocientos metros ya no dejaban pasa a nadie, salieron, él de un salto, ella de la mano con guante blanco de su acompañante. Anduvieron.
—¿Tú sabes lo que es una opereta? —Preguntó Calixto con aire agradable.
—¿Una ópera pequeña?, ¿una de poca inteligencia?
—¡Oh no! Aunque depende, según lo que entiendas por inteligencia. —Ambos sonrieron al mirarse trémulos, era por el aire. —En vez de Traviatas se oyen valses, las vienesas son mejores que las francesas, aunque, ¿qué cosa de Francia puede ser buena? Es populoso, pero no bueno, incluso la comida, te lo digo yo, créeme. ¿Tú sabes bailar el vals?
—No, yo no sé bailar.
—¡Ah! Es verdad, igual que cocinar. —Le agarró del brazo con la elegancia que se permitía en la negra callejuela. —Me extraña que sepas caminar, o hablar. Siempre pensé que en lo referente a mi trabajo cualquier desconocimiento podría ser válido, excusé a muchos por eso, pero tú…—Ella levantó la cabeza exigiendo con la mirada que la soltase. —¿Ni sabes ni quieres saber? No tienes ni la menor idea de quién es Tchaikovsky, ¿verdad? Yo lloro cada vez que lo escucho, quien no llore cuando lo escucha no puede amar, y tú tampoco sabes llorar, ¿verdad?
—No, no sé nada de eso, pero el amor existía antes de que existiera todo lo demás. —Esto lo dijo cuando él por fin la soltó. Entonces, ella se volvió al carruaje y le pidió al cochero que volvieran a la casa. Dejaron allí a Calixto.
La amante dijo que no sabía nada, pero lo cierto es que en la casa había un gramófono y un solo disco con una sola canción, era el Piano Concerto No. 1 en B-menor, Op. 23, de Tchaikovsky. Ella y el navegante solían escucharlo y llorar juntos, sobre todo cuando el marinero era poeta. La amante siguió esperando al navegante, siguió siendo la amante del navegante, y el navegante, en medio de la mar, siguió separando el agua para darle más estrellas a su amante.
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3 comentarios:
Hola y buenas noches..
Un relato muy bien escrito.. un saludo de buen fin de semana
Balovega, gracias, resultó ser un sentimiento perdido en el pasado.
me gusta la historia.. la separacion.. la fidelidad... todo. un abrazo XD
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