17.4.10

Anika Dep

Y la frase literaria es: «Azul de mariposa y chimenea para la escayola.» Esto y un himno de la alegría no bastan, por cultura, por deber, por deber con la cultura si no se acepta el deber de cambiarla.

AniKa Dep ni sabía, ni a ella le importaba, cómo funcionaba el mundo, era como yo de más joven, como todos, ¿no?, esperando que el mundo sea un mundo, simple tierra, aire y espacio donde existir y no aburrirse. Nadie piensa que nada pueda dejar de tener hasta el último sentido.

Anika Dep tenía trece años y tocaba la trompeta, iba al conservatorio desde los ocho años. Al principio le pareció un instrumento difícil, el último que quedaba; sin embargo, con el tiempo le pareció el perfecto, el más óptimo para desahogarse; incluso, cuando se pudo cambiar de instrumento dijo que no, a pesar de que sus padres le insistían, sin embargo, ella no podía dejarlo, intuía que era parte de ella.

La madre de Anika Dep no estaba contenta, no le gustaba que Anika tocara ese instrumento:
— ¿Por qué no te animas con algo más de chicas?, el clarinete o el violín estarían muy bien. — Le decía.

Sin embargo, Anika no le hacía mucho caso.

Lo que más le gustaba a Anika era la mecánica, sabía que no se iba a poder dedicar a eso, sus notas eran muy buenas y haría una carrera, ya pensaría cuál, pero su gran sueño no dejaba de ser tener un pequeño garaje donde ir construyendo poco a poco su coche, un coche muy personalizado. Cuando era pequeña Anika pedía para reyes un mono de piloto de Fórmula 1, pero su madre nunca hizo realidad su deseo, le decía a Anika que los reyes no se lo habían traído porque los reyes le llevan a las chicas regalos de chicas y a los chicos regalos de chicos, que los tenían bien clasificados para no liarse.
—Pues entonces comprádmelo vosotros. —Decía Anika con tristeza en los ojos.

La madre de Anika le decía que no podía ser, y que no había dinero si se ponía muy insistente.

A Anika le gustaba mucho jugar al fútbol, cuando era más pequeña bajaba a la calle y jugaba con los vecinos de su edad; también convencía a las chicas de su clase y jugaban también, pero desde los doce años las chicas ya no querían jugar al fútbol más, tal vez en parte por lo que decían los chicos con sorna, cosas como: «no apoyo el futbol femenino, creo que es sólo para hombres». Además, con el tiempo, ni a los chicos del barrio les parecía bien que ella jugara con ellos, le decían que mejor que no, y cuando ella se lo contaba a su madre, esta siempre le respondía con la misma sentencia.
—Normal. Hija, es que las chicas tienen que jugar a cosas de chicas. A mí me gustaba mucho jugar con las muñecas, en eso no has salido a mí.

Cuando Anika tenía quince años seguía tocando la trompeta para desahogarse, aunque ahora más que antes; se tumbaba boca arriba en la cama y representaba algo que ya se supiera de memoria. También le seguía gustando la mecánica, aunque lo único que podía hacer era tener impresos unos cuantos manuales medio releídos, no había forma de pasar a la acción. Además, por alguna extraña razón que todavía Anika desconocía, no tenía amigos. Hablaba con los compañeros que no se reían de ella y tenía un grupo con el que irse en el recreo, sin embargo sabía bien que no tenía amistad con nadie, no había nadie a quien le pudiera contar algo suyo, no había nadie a quien le tuviera especial apego.

Durante el curso pasaba su soledad como algo normal, pero en Nochevieja se reunía toda la familia, primos incluidos, y, después de la cena, cuando estos se iban de fiesta, ella se quedaba sola ante las preguntas de sus tíos sobre si ella no iba a salir esa noche. Anika siempre se reprochaba que no le llegase la respuesta correcta en el momento adecuado, decía que no, en vez de decir que es que estaba muy cansada.

Anika sentía como todos, y en ocasiones, más profundamente que todos, su situación, que categóricamente se juzgaría como mala, aportaba también esa capacidad de desarrollar la mente pensante, inquieta, la capacidad de recogimiento. «Si en el fondo yo soy bastante normal, me gusta la música, el cine,…». «Tal vez sea que hay algo en mi cabeza que no funciona bien y que yo no me doy cuenta,… Aunque muy tonta no debo de ser, porque saco buenas notas…» «Si es que todo el mundo hace lo que les mandan hacer, son esclavos de las normas, de lo que es normal. No me creo que les guste hacer las cosas que hacen.»

Anika creció un poco más y, como previó a los trece, no estudió ningún módulo de mecánica, en su lugar, a los diecisiete se matriculó en la licenciatura de traducción e interpretación, con el acompañamiento del visto bueno de su madre, quien pensaba que su hija ya estaba empezando a hacer cosas de chicas. Su padre, en cambio, que conocía los gustos de su hija por la mecánica, cada noche, antes de irse a dormir, mantenía un debate interno consigo mismo sobre qué sería mejor para ella, si hacer lo que le gustaba, o lo que estaba mejor visto y en un principio convenía más económicamente.

Al fin de unos meses de dura controversia consigo mismo, que hasta ese momento había estando viviendo con la conciencia intranquila, resolvió una idea para hacer y se la contó a su hija en la comida:
—Anika, ¿qué te parecería si mientras estudias la carrera trabajas de mecánica y así te vas pagando lo que se necesite para el coche que decías que querías hacer? Supongo que habrá trabajos en los que no pidan mucha experiencia ni estudios, aunque paguen poco podría valer ¿no? Además, si te sacas bien el curso…, bueno, supongo que tendrás una paga extraordinaria extra, ¿no?
—Sí. —Anika sonrió. —Pero, ¿a ti te parecería bien?
—Sí, claro. Yo convenceré a mamá para que a ella también le parezca bien y no refunfuñe. —Le guiñó el ojo con complicidad a su hija.

El padre de Anika, que por cierto, se llamaba Jules Dep, hizo como le había dicho a su hija.
—No, de ninguna manera. Ya había costado bastante que Anika se centrase, y ahora que parece que está madurando, no le vas a animar tú a que vuelvas a atrás. —Le recriminaba su mujer.
—No es volver a atrás, si es lo que le gusta… Hay veces que los gustos no son muy fuertes, que te da igual hacer una cosa u otra, pero a ella esto le apasiona.
—¿Pero dónde se ha visto una mujer de mecánico?
—Tú no la puedes entender, pero a mí me pasaba lo mismo, ¿o es que la cocina es algo muy de hombres?
—Pues sí, más que la mecánica de mujeres. Mira al Arguiñano, o al Arzak. Todos los cocineros famosos son hombres, así que lo mismo no es.
—Mira, tú verás lo que haces, pero ella ya muy pronto será mayor de edad y puede hacer lo que quiera, mi visto bueno lo tiene.
—¿Pero no ves que eso es una niñería? ¿Tú crees que cuando tenga treinta años va a seguir con lo mismo? Lo mejor es esperar a que se le quite de la cabeza. —Decía esto último la mujer mientras su marido ya se iba.

Anika, a pesar de que se dio cuenta de que su padre no había conseguido convencer a su madre, pues los gritos se oían en su habitación, decidió tener en cuenta la propuesta, y de vez en cuando miraba por internet las ofertas de trabajo.

A lo largo de unos meses había encontrado algunas ofertas que eran por la tarde y de unas horas a la semana, de modo que se acoplaban bastante bien con su horario; sin embargo, cuando al llamar se daban cuenta de que era una mujer, o le decían que ya no hacía falta o expresaban comentarios más personales, cosas del tipo «No es lo más adecuado para una mujer, lo del aceite, ir de malas maneras, con el mono sucio, el pelo despeinado,… vamos, que se pierde todo el glamur. Una tragedia.». Anika estaba empezando a pensar en abandonar, pero se le ocurrió en cierto momento de inspiración pedirle a su padre que llamara a alguno de esos sitios en los que le habían dicho que ya no necesitaban más personal interesándose por la oferta de trabajo. En todos le dijeron que se pasase para hacer una entrevista.

Cuando su padre colgó por última vez, sintió la injusticia casi más que su hija. Quería ser héroe, romper ese mundo, poder hacer algo parecido a lo que se hace en las películas que entusiasman, algo rotundo que expresara una exclamación, un alarido, y que verdaderamente sirviera para algo. No se le ocurría nada. Sólo pensaba que no podía permitir que este mundo fuera injusto si le iba a perjudicar a su hija tanto, tanto, hasta robarle la vida. Anika permanecía callada, estaba sentada en el sofá, le daba la luz y el calor del sol de lleno, sus pensamientos no se oían, sólo tenía un sentir de mareo, un mareo de coche.

Su padre pensaba en denunciar, luego pensaba que denunciar sería un esfuerzo inútil, pensaba en hacerlo público, y nuevamente que eso sería inútil. De pronto le vino la idea de utilizar su restaurante de algún modo. No sabía qué hacer, pensaba y sólo llegaba a conclusiones vacías. Un poco más y creyó tener algo más eficiente. Un poco más y le pareció nada eficiente.

—Bueno hija, también puedes buscar trabajo de otra cosa y cuando tengas dinero ir formando tu propio taller mecánico…
—No sé papá… De todas formas, gracias. —Anika estaba totalmente desilusionada.
—Yo pago bastante bien a los empleados… Ahora sí, no te rindas. —Jules le arrojó el guante a su hija.

Anika no se rindió jamás, pero el mundo siguió sin cambiar. El mundo parecía ser más tozudo que las personas.

6 comentarios:

Ocasiones dijo...

JOlines, vaya historia...
Me parece increíble.
Que nunca deje de luchar.
Un beso

Yahuan dijo...

Gracias por comentar Ocasiones

SÓLO EL AMOR ES REAL dijo...

Y sin embargo
si tu cambias
tu mundo
inexorablemente
cambia...

paz&amor

Isaac

Yahuan dijo...

SÓLO EL AMOR ES REAL, es cierto, increíble, pero cierto, si tú cambias, tus ojos cambian, se ve con otra mirada y se actúa y se vive conforme a lo que se ve, se anda por donde se ve, que, irremediablemente, es un mundo cambiado.

.:vYCo:. dijo...

luchar por los sueños.. aunq todo este en contra de ti.. jejeje algo d eso he vivido.. o leido o escrito.. muchas cosas mezcladas.. buena historia yahuan.. un abrazo

Yahuan dijo...

vYco, lo más importante en la vida es serle fiel a uno mismo, luchar aunque duela por lo que realmente se quiere, por lo que merezca la pena.

Gracias por tu visita.