17.3.10

Mi Amigo José Está Loco

—Mi amigo José está loco, loco de remate, es un loco demente.

—Carcajada y sigue.

—Su madre me lo decía siempre, yo pienso que ella también estaba loca, pero bueno, éramos amigos y eso es lo que importaba.


—Ya veo, y usted, Jaime, ¿a qué se dedica?


—Yo, yo no me dedico a nada, ¿no me ve? Me sobra el dinero, tengo treinta y un años recién cumplidos y no necesito nada. —Jaime vestía un pijama de hospital, tenía la barba vieja, blanca, arañada si es que una barba puede estar arañada. Hablaba sentado en la cama.


—Bueno, pero ¿algún aliciente, afición, algún interés particular?


—A mí me basta con soportar las locuras de mi amigo José, ¿le dije ya que está loco?


—¿Son muy amigos ustedes? —El hombre que le preguntaba mostraba un interés verdadero.


—Sí, claro. ¿Le he dicho ya que se cree marinero? Es un loco demente. —Se reía cada vez que pronunciaba eso de «loco demente». —Se puede decir que mi mayor afición es ser un rico altruista, malhablado a veces, no se crea. —Esto último lo dijo bajito y al oído de quien le entrevistaba.


—¿Malhablado? —Le preguntaba arqueando las cejas.


—Malhablado, claro, como todos, ya sabe, unos hablan mal, otros son malhablados de pensamiento, y otros como yo, son malhablados de palabra, pero sin ninguna malicia, ya sabrá aquello de «perro labrador, poco mordedor».


—Bueno, hábleme de José.


—¿José? Ese es un loco demente, no sé qué le puede interesar de él.


—Pero es su mejor amigo, ¿no? Algún interés tendrá para usted.


—Oh sí, para mí sí, ¿le dije ya que desde siempre los locos me cayeron bien?


—No, todavía no.


—Pues sí oiga, y José aún más porque desde siempre fue mi amigo, el único de hecho. Verá, yo le contaré. José vivió sus primeros once años en un pueblo pesquero, de Cádiz creo, no recuerdo el nombre, comprenderá que eso es lo de menos. Vino él con su madre porque su padre desapareció y no había forma de que su madre se pudiera ganar la vida allí. Ya sabrá que hubo tiempos difíciles. José siempre tuvo mucha nostalgia, la morriña de los gallegos, siempre hablaba del mar, hacía poemas del mar, escribía cuentos de niños pesqueros, vestía como un marinero y los otros niños se reían de él. Él, no sentía la derrota, jamás, ante las burlas se ponía de pie, muy serio y decía aquello de «Sí, sí, reíros, pero yo de mayor voy a ser marinero». Supongo que se puede decir que yo también era un niño raro, aunque en mi caso era por poseer una gran fortuna, y nos juntamos los dos. Él hablaba del mar y yo de lo que haría con tanto dinero. Sin embargo a él ni siquiera su madre le apoyaba, todos los días le decía que estaba loco por estar un poco obsesionado con lo que dejaron atrás, y no le exagero, todos los días, todos los días le gritaba que estaba loco, incluso recuerdo que un día oí cómo se rompía alguna pieza de porcelana, una taza o un plato, mientras le gritaba que estaba loco. Tal vez de tanto repetírselo terminó volviéndose loco, era eso o la mar, y, la verdad, en este mundo es mucho más fácil volverse loco, la verdadera cordura es demasiado complicada.


—Disculpe que le interrumpa, pero, ¿usted cree alcanzarla?


—No, no le disculpo, me ha interrumpido de muy mala manera. ¿Alcanzar el qué?


—La cordura.


—Claro que no, pero no estoy loco, no como José, se está convirtiendo en un viejo demente. ¿Sabe? Le voy a contar un secreto: Creo que llevo en los treinta, treinta años, y fíjese, no envejezco, estoy como un roble, sano por fuera y sano por dentro. No así le pasa a José, a veces me da pena, pero bueno, no hay forma de cambiar las cosas, la fortuna siempre será de unos pocos.


—¿A qué tipo de fortuna se refiere?


—¿Cómo? Ande, no me interrumpa. Como iba diciendo, José terminó por volverse loco, pero como todo, la locura al principio empieza de forma sigilosa, poco a poco. Un buen día empezó a recoger recortes de periódicos y a pegarlos por las paredes de su casa, ¿a qué no adivina sobre qué versaban los recortes?


—¿Sobre naufragios?


—Sobre naufragios, pescas gigantes, tempestades, datos de pesca, secuestros piratas, hallazgos de tesoros marinos,… Todo tenía algo que ver con el mar. Cuando llegué a su casa me quedé sobrecogido, pero total, ¿quién era yo para decirle lo que debía hacer? Él ya era mayorcito. Cuando se murió su madre, como comprenderá, todo fue a peor. Siempre se movía como si estuviera en un barco, oscilando, como si estuviera mareado, y utilizaba, en la mayor medida que le era posible, todos esos términos marítimos, ya sabe, «a babor», «a estribor», «cinco nudos a toda vela»,… A veces no había quien le entendiera. Yo me tenía que ir a estudiar al extranjero, es lo que tiene tener una fortuna, pero en cierto modo me sentía responsable de él, así que le presté una cuantiosa suma, mientras yo me iba nostálgico a Nueva York. A mi vuelta estaba irreconocible. Al parecer había intentado suicidarse cuatro veces ahogándose en la bañera, no podría haber sido de otro modo, y a la quinta, en vez de intentarlo una vez más se puso a hacer poesía, sobre el mar, sí, ¿cómo no? Se consolaba creyendo que no estaba loco, que sólo era un poeta más, pero no, todos sabemos que era un loco demente. —Se rió a carcajada limpia. —Estaba loco de remate. Hacía poesías, pero no era un poeta intelectual o racional, era uno de esos fantoches, ya sabe, poetas por azar, locos con suerte.


—Parece que no se parece mucho a usted su amigo José.


—Bueno…, supongo que sí, los dos somos capaces de querer, yo le quiero a él y él a algo difuso, pero querer es capaz de querer y quiere con todos sus sentidos. ¿Sabe? Me alegro de ser un millonario con sentimientos, no soporté nunca a aquellos paliduchos viejos que cenaban agua cristalizada. Tal vez por eso quebraron todos, al menos todos los que yo conocí.


—¿Sabe? Me están dando ganas de conocer a su amigo José. ¿Sabe dónde se encuentra ahora?


—No permitiré que nadie le acose, yo respondo por él, ¿qué hizo esta vez?


—¡Oh!, ¡nada! Era simple curiosidad.


—Pues váyase con la curiosidad a otra parte.


—¿Usted no es curioso? —Decía el hombre mientras se levantaba.

—Oh sí, mucho, pero más lo era mi amigo José, pregúntele cualquier cosa sobre el mar y se lo contestará, se ha estudiado la parte correspondiente del diccionario, ha ido a todos los puertos, a todas las lonjas, se ha visto todas las películas relacionadas con el mar, y si le preguntas que por qué, te responderá que por casualidad. Un día le dije: «¿Cómo que por curiosidad? ¿Y no tienes curiosidad de otros temas?» Me respondió con su simple negación, que no me dijo. ¿Se lo puede creer? Me dijo que no. ¿No es eso de estar loco?


—Muy bien, ya es la hora, me debo ir. ¿Le podrá usted dar recuerdos de mi parte a su amigo José?


—Por supuesto doctor, eso está hecho. Un placer hablar con usted.


—Lo mismo digo, lo mismo digo. —El médico se marchó y Jaime se tumbó a esperar o a pensar, aún no lo sabe.

1 comentarios:

.:vYCo:. dijo...

todos tenemos un amigo jose...